sábado, 13 de mayo de 2017

NEOLIBERALISMO Y EROSIÓN DE LA SOBERANÍA NACIONAL

(Prólogo al manifiesto de la izquierda nacional)


Las clases trabajadoras de los países desarrollados asisten a un deterioro continuado de sus derechos laborales y de sus salarios reales desde los años ochenta. Se trata de un formidable ataque de las nuevas formas del capitalismo ‒el capitalismo global‒ contra las conquistas laborales de los trabajadores y el modelo social europeo.

La humanidad carece hoy por hoy de la posibilidad de construir una autoridad política mundial capaz de sobreponerse al poder del dinero. Solo los Estados nacionales y aquellas instituciones supranacionales que se apoyen en ellos tienen la posibilidad de someter el poder del dinero a los valores de la civilización y a los intereses de las clases trabajadoras. Por eso, en la era del capitalismo global, la izquierda nacional es la izquierda a secas, la única izquierda posible.

En los años treinta y cuarenta, cuando los liberales se retiraron a su guarida de Mont Pelerin[1] en 1947 junto a su chamán Hayek, lejos de que la crisis económica supusiera una sacudida para sus esquemas ideológicos, el fracaso de la economía neoliberal los condujo a la intransigencia y a la reiteración de sus dogmas, volviendo a sus viejas recetas de recortar el gasto público como panacea para todos los males. Visto en perspectiva, quizás acertaron manteniéndose inflexibles, porque contra todo pronóstico la crisis no les ha hecho perder su posición hegemónica. Aunque en realidad, los neoliberales no están ganando por omisión, por su ausencia, sino porque nunca desaprovechan el estado de perplejidad de una sociedad que ignora lo que le está ocurriendo, para ejecutar su proyecto de ingeniería social y económica. Y ningún momento de mayor parálisis social, que el vivido en los años posteriores a la crisis de 2008,, después de un prolongado período de optimismo económico basado en un crecimiento económico con origen exclusivo en la generación de deuda nacida de la acumulación de capitales fruto de las persistentes reducciones fiscales a los más ricos y al aumento de las tasas de beneficios de las grandes corporaciones, que tuvo su origen a comienzos de la década de los setenta, momento en el que el neoliberalismo alcanzó la hegemonía intelectual y política dentro del capitalismo, logrando un dominio ideológico absoluto frente a otras tendencias derechistas. Sus políticas tuvieron enormes consecuencias sobre la forma en la que se configuraron en lo sucesivo las economías capitalistas. A partir de este momento, se impusieron las privatizaciones de los servicios públicos, la destrucción de los derechos de los trabajadores y la libre circulación de mercancías y capitales. El neoliberalismo cambió así las relaciones de fuerza entre capital y trabajo y la estructura económica y social de las economías desarrolladas. Y para lograrlo, los sindicatos, que encuadraban a los obreros de las grandes empresas industriales, perdieron fuerza debido al crecimiento del sector terciario y a la deslocalización de empresas a países del Tercer Mundo. Esta pérdida de la hegemonía ideológica, dio lugar a la aparición de la “nueva izquierda”, que, en cierto sentido, había interiorizado la tesis del “fin de la Historia” de Fukuyama tras la caída del comunismo, y la idea acuñada en la frase de Thatcher de que: “No hay alternativa”.

Hayek
El triunfo de las ideas derechistas a comienzos de los setenta, coincidió con el momento en el que los intereses del sistema financiero se estaban internacionalizando y coincidían con los de las grandes empresas transnacionales y corporaciones. Esta coincidencia de intereses hizo que desde los “think tanks” promovidos por el dinero de las multinacionales y los bancos, se fuera imponiendo una nueva corriente ideológica dentro de las ideas liberales clásicas, que aportaba una visión cada vez más optimista de las posibilidades de expansión del capitalismo, que superaba los límites de las legislaciones estatales que imponían barreras y límites entre los diferentes mercados nacionales. Esta corriente ideológica recibió el nombre de Neoliberalismo.

Estas legislaciones nacionales se alzaban como un obstáculo para la construcción de un único mercado internacional, que redujera los costes y aumentara los márgenes de beneficio. Para superarlas, esencialmente en los países menos desarrollados, se promovió el endeudamiento de los Estados como forma de debilitar a los mismos, aunque el escenario político internacional, la llamada “Guerra Fría”, hiciera que se tolerase un mayor grado de fortaleza en los Estados como medio para evitar cualquier proceso revolucionario en los mismos. Por esta razón, los Estados seguían siendo soberanos y esto hacía que preservaran la mayor parte de los recursos nacionales de sus países.

La base esencial del fenómeno llamado “globalización”, no es otra que la disolución progresiva y controlada de los Estados nacionales, para facilitar la aparición de un mercado mundial que permita aumentar los márgenes de beneficio de las grandes corporaciones, y un medio de asegurar la hegemonía imperial de los EE.UU. Básicamente, la “globalización” supone en sí misma una primera privatización, la del poder político que pasa de los Estados a las corporaciones.

La disolución del Estado como objetivo no es un hecho novedoso, partiendo del cuerpo ideológico liberal nacido de la Revolución ilustrada, coinciden en sus objetivos de destrucción del Estado como meta de su desarrollo: el anarquismo, el comunismo y el liberalismo capitalista. No en vano Zbigniew Brzezinski propuso en 1971 encontrarse “a mitad de camino con el bloque comunista”.

La caída del bloque soviético en 1989, hizo desaparecer la necesidad de mantener la fortaleza de los Estados nacionales, además de asociar la intervención del Estado en la economía al dirigismo del Estado comunista que se había derrumbado. Resulta evidente que la proposición de Brzezinsky se ha cumplido, y que en gran medida este “encuentro” permite explicar el colapso del poder de la URSS, más allá de las explicaciones hagiográficas acerca de la intervención personal de Reagan, Thatcher o Juan Pablo II. Desde una perspectiva atenta a la realidad geopolítica y económica, la caída del Estado soviético no fue sino el comienzo de la “globalización”, el primer paso hacia la disolución de los Estados-Nación.

A escala nacional, la “globalización” implica una reducción estructural del Estado a su mínima expresión, ya que según argumentan los neoliberales, la experiencia histórica demuestra que el Estado es “un mal administrador”. Por lo que, partiendo de esta idea, y tras la caída de la URSS, se inició por parte de los “think tanks” dependientes de las corporaciones transnacionales y de sus políticos, una intensa campaña ideológica basada en los siguientes argumentos:

  • Los mercados son siempre más eficientes que los Estados en el uso de los recursos. (Las reiteradas crisis alimentarias y financieras de las últimas décadas, han demostrado este argumento como falso);
  • No es función del Estado realizar funciones económicas rentables, debiendo limitarse a controlar los excesos del mercado y sólo debe concurrir allí dónde la actividad económica no sea rentable, cumpliendo una “función de subsidiariedad”. (Esta idea significa reducir la actividad del Estado a aquéllas actividades económicamente no rentables con independencia de la naturaleza de las mismas, privando al Estado de ingresos por estos conceptos y reduciendo los mismos a los impuestos, que al tiempo se exige sean reducidos. Es decir, finalmente sólo perciben determinados servicios básicos quienes puedan pagarlos);
  • Los monopolios estatales ahogan la iniciativa privada, distorsionan los precios y engendra corrupción. (Sin embargo, el gran desarrollo de las infraestructuras en el S. XX se debe a los monopolios públicos que ahora se adueñan las corporaciones privadas, convirtiendo las inversiones públicas en beneficios privados);
  • A nivel nacional, el Estado debe limitarse en su función de administración a cuatro áreas básicas: la educación, la salud, la Justicia y la seguridad; el resto de actividades debe realizarlas el sector privado que se dice utiliza más racionalmente los recursos existentes, logrando así un mayor grado de eficiencia. (En ningún caso está demostrado por la experiencia que el sector privado preste servicios propios del Estado de forma más eficiente, ni se explica porque deben convertirse en beneficios privados lo que serían ingresos públicos); Los Estados tienen un tamaño desproporcionado en relación con la sociedad a la que sirven, por lo que detraen más recursos de los necesarios, generando un mayor coste para la sociedad del que se produciría si dichas funciones las realizase el sector privado. Si dichas funciones económicas deficitarias las presta una empresa privada, será ésta la que perdería dinero, si lo hace el Estado esto supone que es el Estado el que pierde dinero. (Ninguna empresa privada mantiene una actividad que arroje pérdidas de forma indefinida, razón por la que resulta absurdo suponer que esa situación pueda darse. Por otra parte, el sobredimensionamiento de los Estados, al menos en Europa, viene dado por un sistema de partidos al servicio de una oligarquía que vive de forma parasitaria del Estado).

La idea de privatizar la actividad propia del Estado no es nueva, pues ya desde principios del pasado siglo se planteó la posibilidad del “Estado Administrador” como alternativa a los modelos de Estado hasta ese momento existente. El economista judío y presidente del Partido Laborista durante 1945-1946, Harold Joseph Laski, que fue profesor en las universidades de McGill, Harvard y el London School of Economics, afirmó sentando los antecedentes inmediatos de la concepción del Estado como mero administrador y prestador de servicios, que la soberanía incondicional del Estado había dejado de ser un principio evidente para tornarse insostenible tanto desde el punto de vista teórico como empírico, y apuntaba como causa de ello el aumento del poder de diversos grupos económicos, sociales y religiosos en detrimento del Estado. Por lo tanto, “la globalización” concibe la comunidad política mundial, como un conjunto de Estados administradores y gestores de cuestiones locales, encargado de facilitar el desarrollo de infraestructuras y servicios dentro de un inmenso mercado sin fronteras extendido prácticamente por todo el planeta.

Uno de los principios fundamentales de la Ciencia Política, es que en ningún sistema político existen vacíos permanentes de poder. Si se produce un vacío de poder por cualquier circunstancia, éste es inmediatamente ocupado por otro sujeto de poder. Aplicando este principio a la cuestión expuesta, se puede afirmar que la reducción del Estado-Nación a la condición de mero gestor de servicios, supone el trasvase del poder político hacia organismo e instituciones diferentes al Estado, que se colocan por encima del mismo. En el fondo no se trata de reducir el tamaño del Estado para hacer más eficiente la asignación de recursos, se trata de restar poder al Estado en beneficio de las corporaciones y de las estructuras políticas globales. De modo que lo que se produce de forma no explícita es una transferencia de poder desde el Estado soberano, marco en el que se garantizan los derechos del ciudadano, hacía las estructuras políticas globales. Lo que con las privatizaciones de la actividad del Estado se está construyendo, es una estructura imperial de ámbito global, cuyo centro de poder, y por lo tanto de efectiva soberanía, reside en las corporaciones transnacionales. Una estructura imperial, que ha reducido a los Estados gestores a un papel meramente regional o local.

Sin embargo, la Gran Recesión de 2008 ha puesto en entredicho las tesis neoliberales, al demostrar, definitivamente, que las crisis recurrentes del capitalismo no se deben a las intervenciones de los estados distorsionadoras del mercado, como pretenden falazmente los liberales, sino que forman parte intrínseca del propio sistema capitalista. Cuando llegó la crisis, la izquierda no era hegemónica, y sus gobiernos fueron en todo el mundo las primeras víctimas del descontento de cualquier índole, ya que su posicionamiento era el resultado de la carencia de un discurso ideológico propio válido para enfrentar la situación. Tras el fracaso de los socialdemócratas en el período 2008 a 2011, resurgió el predominio mundial generalizado de los neoliberales y de los partidos de derecha, desconcertando a los partidos de izquierda que hasta que llegó la crisis, estaban seguros de haber recuperado en parte el terreno intelectual perdido tras décadas de hegemonía neoliberal. Con total descaro, los neoliberales depusieron a los partidos socialdemócratas tras los primeros aspavientos de estos para contener los efectos de la crisis, de la que nunca llegaron a comprender ni su origen ni su alcance, siendo sustituidos sin miramientos por tecnócratas de las grandes corporaciones bancarias y las agencias de rating. Paralelamente, las instituciones financieras que habían precipitado la crisis y que habían sido rescatadas por los gobiernos, volvían a obtener beneficios semejantes a los que obtenían antes de 2007 y financiaban a la derecha emergente, que se presentaba no como el origen de la recesión, sino como el remedio a la misma con sus recetas de la llamada austeridad.

Pero la supervivencia de los neoliberales más allá de la Gran Recesión, no ha hecho sino mostrar la verdadera esencia de los mecanismos institucionales que hasta ahora se habían presentado como legítimos, que se han revelado inútiles para representar la voluntad popular, porque en nuestra sociedad el verdadero poder no se encuentra en las instituciones políticas, sino que se encuentra “privatizado”, está en el dinero, somos una sociedad plutocrática. Son las grandes empresas y fortunas, a las que a veces llamamos mercados, las que son capaces de doblegar los intereses del estado a través de los mecanismos económicos de chantaje y extorsión. El poder real es fundamentalmente poder económico, y este no está sujeto a elección ninguna. Manda quién más tiene y no quién más votos recibe. Votamos cada cuatro años, en un procedimiento litúrgico que ni siquiera garantiza que los programas electorales se cumplan, y que en realidad sólo sirve como coartada para conceder legitimidad a esta ficción democrática. La crisis ha revelado la verdadera naturaleza plutocrática y oligárquica de nuestra sociedad, y esto ha provocado una deriva ideológica y política que no se conforma sólo con cuestionar las políticas económicas que han conducido a la crisis, sino que también pone en cuestión a las instituciones políticas españolas y europeas que están perdiendo legitimidad, además de estar poniendo en cuestión la ideología dominante que, en lo referente a la economía, sufre merecidamente el mismo desprestigio. ¿Quién puede creer en la desregulación del sistema financiero cuando esté ha conducido a la mayor crisis económica desde 1929? ¿Cómo justificar la retirada de las prestaciones por desempleo cuando más desempleados hay? ¿Cómo justificar las ayudas a los mismos bancos responsables de la situación actual y de miles de familias sin hogar? ¿De qué sirven la Unión Europea sus instituciones, si su único papel es el de garante de los intereses del sistema financiero? En definitiva, ¿de qué sirven estas instituciones y su ideología, si no son útiles para resolver los problemas reales de los ciudadanos?

Como es sobradamente sabido, cualquier modelo económico requiere un modelo de sociedad y un sistema político que le sean funcionales, es decir, necesita que se modifiquen las relaciones entre los ciudadanos, las relaciones laborales entre capital y trabajo y las relaciones entre los ciudadanos y los Estados en el sentido acorde con la ideología dominante que lo impone, por lo que no cabe dudar de que la política que se está llevando a cabo en toda Europa, y específicamente en España, es una estrategia que responde a una decisión ideológica, es decir, que persigue un determinado modelo de sociedad. Más concretamente, las medidas económicas adoptadas por los gobiernos desde la crisis se estructuran en tres ejes: la consolidación presupuestaria, la confianza en los mercados internacionales de deuda y la reestructuración de los fundamentos económicos de la sociedad. De estas tres líneas políticas resulta un modelo, en el que el orden social se recompone a partir de un empobrecimiento de la mayoría de la población, en beneficio de las grandes fortunas vinculadas a la propiedad del capital financiero de los bancos, y del gran capital productivo grandes empresas. Las empresas que componen el índice bursátil del Ibex35. Detrás de estas políticas, hay una teoría económica (la teoría neoclásica) basada en el pensamiento neoliberal, que utiliza la crisis como una estrategia para lograr sus objetivos. Según su ideología, los problemas de desempleo se derivan de un mal funcionamiento del mercado de trabajo derivado lo que eufemísticamente llaman “rigideces del mercado laboral”, en alusión a los derechos de los trabajadores, y los problemas de competitividad y de crecimiento económico, se deben a salarios relativamente altos, y los problemas de financiación de la economía real se deben a un exceso de gasto y deuda públicos, y a la falta de confianza de “los mercados”. Asistimos, pues, a una reordenación de las clases sociales de nuestro país nacida de estos dogmas
económicos, a partir de los cuales diseñan sus estrategias y medidas económicas las instituciones europeas y nacionales. Esta es la estrategia seguida por la Comisión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo, que es compartida por los partidos políticos del régimen del 78, que fueron quienes reformaron la Constitución, para institucionalizar la consolidación presupuestaria y otorgar prioridad al pago de la deuda externa, como reconocía la propia ley orgánica de reforma constitucional que en su exposición de motivos decía que “se establece la prioridad absoluta de pago de los intereses y el capital de la deuda pública frete a cualquier otro tipo de gasto, tal y como establece la Constitución”.

En suma, las “reformas” gubernamentales han demostrado ser superficiales en el mejor de los casos, tanto en España como en Europa o EE.UU. Tras la masiva inyección de capitales públicos en el sistema financiero posterior a la crisis, las burbujas han retornado con sorprendente rapidez a la especulación en productos básicos, ante el desinterés generalizado de los ciudadanos que centran su interés en los programas de austeridad del Gobierno como respuesta básica a la crisis, demostrando con ello que el discurso público ha degenerado a un nivel analítico propio de los años treinta. La crisis actual es un momento político decisivo para quienes están convencidos de que las actuales estructuras de mercado deben subordinarse a los proyectos políticos orientados a la mejora del ser humano, y no me refiero a esa izquierda formada por unos pocos místicos ignorantes seguros de la inminencia del acaecimiento del levantamiento del proletariado, de la misma manera que los “cristianos sionistas renacidos” esperan el “arrebatamiento en el final de los tiempos”, y que en ambos casos creen que los conducirá de forma inexorable a su remisión. Es prioritario construir una alternativa al neoliberalismo capaz de alcanzar la hegemonía, y para ello es fundamental discernir hasta qué punto el resurgimiento inesperado de la derecha tras la crisis, obedece a la existencia de una infraestructura cultural neoliberal que se desarrolló durante el período de 1980 a 2008; y, por otro lado, en qué medida la izquierda ha sido artífice de su propio aniquilamiento dada su escisión en el S. XX en dos mundos: el de la socialdemocracia, mera gestora del capitalismo y de la progresividad del sistema fiscal; y el del comunismo, el mayor sistema represivo organizado en campos de concentración conocido por el ser humano.

Los miembros de la izquierda nominal descartaron hace tiempo la escatología marxista del colapso del capitalismo y la transición al socialismo como explicación completa y exacta de la realidad, y se han quedado sumidos en una ignorancia e incomprensión de lo acontecido, que los obliga a aferrarse a los dogmas marxistas prescindiendo de su desigual vigencia, para poder ocultar su fracaso ideológico.

En esta situación, los neoliberales han desarrollado una sofisticada postura respecto al conocimiento y la ignorancia, y entender cómo el neoliberalismo logra emplear la ignorancia como herramienta política que salvaguarde su hegemonía, indica que, a la vista de la obsolescencia de la izquierda, ha llegado el momento de que reinventemos una nueva sociología del conocimiento plausible, como único camino para ganar la batalla de las ideas a la globalización neoliberal, que no es otra cosa más que el desplazamiento del poder real a entes privados transnacionales, tal y como nos dice Laureano Luna: “Con el progreso de la globalización el poder de los Estados nacionales está siendo transferido a los grandes agentes del capitalismo global.” El acierto de Luna es evidente, y refleja una realidad que puede observarse a diario y con la que coincido plenamente. El análisis de Luna y su manifiesto no sólo es necesario, sino que también es irrefutable. Pero, tal y como Luna también expone con brillantez, no se trata de un retorno a los nacionalismos estrechos que llevaron a Europa a sus dos guerras civiles en el S. XX, sino que el futuro se encuentra en donde esas guerras civiles dejaron de escribir la Historia: en la creación de nuevos espacios de soberanía propios de la milenaria civilización europea.
Enlace a la editorial:

http://editorialeas.com/shop/khronos/manifiesto-de-la-izquierda-nacional-la-sintesis-del-siglo-xxi-por-laureano-luna/


[1] En 1947, el profesor Friedrich Hayek convocó a 36 intelectuales, la mayoría economistas, junto con historiadores y filósofos en el Hotel du Parc en la villa de Mont Pelerin, cerca de la ciudad de Montreux, Suiza, para discutir la situación y el posible destino del liberalismo tanto a nivel teórico como en la práctica.2 El grupo tomó el nombre de Sociedad Mont Pelerin en honor al lugar donde ocurrió este primer encuentro.

lunes, 2 de enero de 2017

EL ACTUAL ESCENARIO GEOESTRATÉGICO MUNDIAL (IV)


Miembros del Ejército Popular de Liberación durante el desfile de conmemoración de la Segunda Guerra Mundial.
B) China.

El imperio chino se fundó hace 2.300 años con la misma extensión territorial con la que lo conocemos en la actualidad. Desde antiguo, China se relacionaba con el exterior a través de un largo recorrido terrestre que incluía la Ruta de la Seda, que atravesaba Singkiang y el Asia Central llegando hasta Oriente Medio, manteniendo al país aislado hasta el siglo XIX, cuando los países europeos occidentales se establecieron en sus costas aprovechando la debilidad de China, que sólo se retiraron la invasión japonesa del país. Tras la retirada de Japón en 1945 y el final de la guerra civil entre comunistas y nacionalistas en 1949, el derrotado líder de los nacionalistas chinos, Chiang Kai Shek se retiró a la isla de Taiwán, en la que junto con algunos otros territorios se construyó un Estado independiente continuador de la antigua China. Islas como las del Archipiélago de los Pescadores y la de Quemoy, cerca de la costa de China, continuaron bajo soberanía nacionalista, siendo reconocido oficialmente por los EE.UU. y sus aliados. Por su parte, Mao siguió la misma política de los antiguos emperadores, restableciendo el poder central del interior sobre las regiones periféricas bajo el control del Partido Comunista, cerrando el país a los extranjeros.

Tras la muerte de Mao, su sucesor Deng Xiaoping inició en 1978 un programa de reformas buscando usar las fuerzas productivas los medios del mercado capitalista para lograr los objetivos socialistas. El objetivo inmediato era alcanzar con rapidez el mayor desarrollo económico, empleando los métodos más eficaces disponibles, para alcanzar la base material que permitiera construir el socialismo real. Lógicamente, el poder político debía permanecer en el seno del PCCh. Pero lo que realmente se produjo no fue la construcción de los cimientos del socialismo, sino el proceso de desarrollo capitalista más salvaje de la historia. China es un caso de contradicción política sin igual, pues mientras mantiene un régimen de partido único nominalmente comunista, ha formado un sistema económico de claro capitalismo intervencionista, y en muchas ocasiones de capitalismo de Estado, al que presuntuosamente han dado en llamar: economía socialista de mercado.

A comienzos de la década de 1990, la economía capitalista estaba sólidamente establecida en China, haciendo del afán de lucro el principal criterio para juzgar el éxito o el fracaso de todas las empresas económicas, integrándose en la economía capitalista mundial, y ello inevitablemente tiende a remodelar las relaciones económicas y sociales internas de acuerdo con dichos principios capitalistas. El proceso de industrialización generó un enorme mercado de trabajo en las ciudades, lo que forzó la emigración del campo a la ciudad de cientos de millones de campesinos, lo que provocó su proletarización, que fueron forzados a ello por la nueva mercantilización de la tierra y por la destrucción del sistema de derechos sociales denominados el “tazón de arroz y de hierro”[1], procediendo a establecer un sistema de propiedad privada de los medios de producción, primero en el campo a través de formas variadas de tierras “contratadas”, y luego en las empresas urbanas y en las propiedades inmobiliarias. Esta política de reformas económicas y apertura al exterior alcanzó su apogeo el 11de diciembre del 2001, cuando China se incorpora a la Organizaron Mundial del Comercio (OMC), tras quince años de negociaciones, en los que los sucesivos gobiernos chinos se fijaron como objetivo un calendario de reformas internas acompasado con los planes y objetivos nacionales, que no se limitaban simplemente a entrar en la OMC y obtener excepciones para aquellos sectores necesitados de protección, sino que todo el proceso de reforma iba encaminado a colocar a China al mismo nivel que las grandes economías desarrolladas occidentales. Estas reformas de ejecución a largo plazo han quedado definidas en los debates del XVII Congreso del Partido Comunista de China que tuvo lugar en octubre de 2007 y, más recientemente, en la XI sesión del Congreso Nacional Popular en marzo de 2008. De esta manera, en tan solo treinta años la economía China ha sufrido una transformación desde un sistema cerrado al comercio exterior, con una economía planificada socialista, con un sector agrícola preponderante que ocupaba a la mayoría de la fuerza laboral. En tan solo treinta años, el sector industrial y en menor medida el de servicios, han sufrido una transformación total generando un crecimiento sostenido del PIB de una media del 9%, sacando de la pobreza a decenas de millones de personas. El proceso de desarrollo y modernización del sector industrial chino, ha llevado a término las sucesivas revoluciones industriales en Occidente desde 1830 en menos de tres décadas, y ha colocado a China en este comienzo del siglo XXI en las puertas de una sociedad de consumo moderna con una red de infraestructuras muy desigual, con una clase empresarial dirigente cualificada y una incipiente clase media dispuesta a crear un mercado interno de consumo con el consecuente desarrollo del sector de los servicios.

Como decimos, la tradicional política china de aislamiento internacional, ha corrido en paralelo a una pobre economía agrícola, que en la actualidad ha desaparecido dejando su lugar a una política de apertura comercial al exterior. Un proceso acelerado de desarrollo económico, que se ha basado en la explotación de sus recursos naturales y del comercio internacional, convirtiendo al país en la primera potencia económica mundial. Con el desarrollo de una economía basada en las exportaciones como motor económico, la costa china ha cobrado una relevancia estratégica de primer orden, y más, si se tienen en cuenta las necesidades energéticas de esta nueva economía. Pues el hallazgo de nuevos recursos gasíferos y de crudo en el Mar de la China Meridional, contribuye notoriamente a equilibrar su balanza de importaciones y exportaciones de gas y petróleo.

Este nuevo escenario, ha hecho surgir nuevas necesidades estratégicas para China, que ha conducido a esta nación a dar prioridad al ámbito marítimo frente al terrestre, señalando la necesidad de convertirse en una de las grandes potencias militares navales, no sólo del Extremo Oriente, sino a nivel global. Un nuevo actor en el tablero estratégico mundial, que precisa desplegar sus unidades navales en todos los mares y océanos del mundo garantizando la defensa de los intereses chinos en el exterior. Esta nueva estrategia china, entra en colisión con la voluntad de mantener la hegemonía de los EEUU, su vasallo japonés y la otra potencia emergente con capacidad nuclear: la India. Pero siendo los EE.UU. la potencia global dominante del mar, la aparición de China como potencia económica y militar. modifica el equilibrio existente en los Océanos Índico, Pacífico Occidental y en el Mar de China Meridional, lo que Japón, una de las cuatro primeras potencias económicas del mundo, no puede ignorar, ya que recibe por este mar las importaciones y el suministro energético que hacen funcionar a su industria.

La entrada de China en el escenario internacional a principios de este siglo XXI, como un serio competidor por la hegemonía mundial, tanto económica como militar, ha provocado que desde 2011 los EE.UU. adoptasen una nueva estrategia política y militar en la región del Pacífico. En el área económica, los EE.UU. han impulsado la firma del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (Trans-Pacific Partnership, TPP)[2]; en la militar, el Pentágono ha desplegado sus fuerzas militares y las de sus aliados australianos alrededor de la nueva potencia asiática, un despliegue de instalaciones y medios de combate que le permitiría cortar las rutas comerciales y de aprovisionamiento de crudo y materias primas, que fluyen hacia China provenientes de África y Oriente Medio.

La economía.

China es la primera nación comercial por delante de EE.UU. y de la Unión Europea (UE), es decir, la primera nación por volumen de exportaciones e importaciones y de PIB, ya que el valor de las exportaciones e importaciones chinas se cifran en 3.000 millones de euros frente a los 2.570 de los EEUU. Es la nación con mayor población del mundo. Frente a sus costas circula la mitad del comercio mundial, haciendo del mar circundante una ruta de indudable valor estratégico. China tiene la marina mercante más grande del mundo, ocupando el tercer lugar en el ranking mundial del transporte marítimo mundial, al ser este país propietario de la tercera mayor flota tras las banderas de conveniencia de Panamá y Liberia. Una cuestión fundamental, ya que la dependencia marítima china de las exportaciones de sus manufacturas, y la adquisición de materias primas procedentes de África e Hispanoamérica hacen de esta cuestión una de las sensibles desde el punto de vista estratégico y de seguridad para Pekín, motivando su decisión de ejercer su dominio estratégico sobre los mares circundantes y de expandir y modernizar su fuerza naval. Así, China se ha convertido en el mayor país constructor naval superando a Japón y a Corea del Sur, su producción supone el 43% de la producción mundial. El sector naval cuenta con más de 2.000 empresas que incluyen cerca de 1.000 astilleros con 800 centros de apoyo, dando trabajo a unos 800.000 obreros, y cuenta también con abundantes recursos pesqueros en numerosas áreas de sus aguas, y su enorme tráfico portuario ha llevado a Shanghái a convertirse en el primer puerto comercial de la tierra.

Es el primer productor de acero, carbón, cemento y fertilizantes, la que cuenta con el mayor número de astilleros, más de 4000. Su economía ha crecido una media de un 7.6% anual durante los últimos diez años. Es el primer país importador de petróleo debido a que el exponencial crecimiento económico de los últimos diez años, ha incrementado el consumo energético. Además, es el mayor consumidor mundial de carbón, acero, aluminio, cobre y cemento. Siendo importado más del 50% del hierro que consume. Los recursos mineros chinos en su península de Liaotong y en las tierras altas del sur son inmensos. Se estima que China goza de unas reservas de hierro de 40.000 millones de toneladas, produce el 8% de las reservas de estaño refinado del mundo, además de grandes reservas de magnetita, molibdeno, mercurio y manganeso y otras menores de plomo, cinc y uranio, siendo además el primer país productor de tierras raras del mundo[3].

China es el primer consumidor mundial de energía y el segundo consumidor mundial de petróleo con una demanda creciente, por lo que, para mantener el desarrollo económico e industrial, necesita encontrar todo el petróleo, gas y otros combustibles necesarios, lo que inevitablemente lleva a entrar en conflicto con las restantes potencias desarrolladas que controlan los recursos energéticos. Esta dependencia de combustibles importados, es una debilidad estratégica del naciente imperio del centro. En 2010 importaba 4.8 millones de barriles diarios procedente en su mayor parte de Arabia Saudita, Irán, Angola, Sudán, Kuwait, Rusia, Kazajistán, Libia y Venezuela, con los que ha estrechado sus relaciones estratégicas, al intercambiar este suministro de crudo por ayuda militar y económica. Además, ha firmado acuerdos comerciales con Turkmenistán, Kazajistán, Uzbekistán y Kirguistán, convirtiendo gradualmente a los países de Asia central en una de sus principales fuentes de energía, dada la inestabilidad de Oriente Medio y la alianza de los países productores de crudo de la región con los EE.UU. y sus países vasallos europeos, a pesar de que norte de África y el Oriente Próximo siguen representando el 60% de las importaciones, a lo que se suma el alto coste de los hidrocarburos rusos. Gran parte del subsuelo chino acumula importantes reservas de petróleo y de gas, concentradas en explotaciones muy rentables, siendo oficialmente reconocido que las reservas del conjunto del Mar de China Meridional representan el 30% de sus actuales reservas de petróleo y el 25% de las reservas mundiales, esperando extraer 50 millones de toneladas anualmente antes de 2020. De cumplirse estas previsiones, la producción del mar chino compensaría el declive de la producción de los yacimientos interiores de Daging y Shengli cuya rentabilidad decrece un 3% anual. Por otra parte, China está siguiendo una política exterior semejante a la de los EE.UU. en relación con la importación de petróleo, pero a diferencia del imperio americano, China es respetuosa con la política interna de los países con los que se relaciona, a los que no exige que adopten un régimen político semejante al suyo, como ocurre con los EE.UU. y su exigencia de adoptar una apariencia de democracia y de respeto por los derechos humanos.
Fuente de la imagen: http://elordenmundial.com/2015/05/25/china-el-sueno-americano-de-rusia/
Respecto del suministro de gas, China importa gas natural licuado desde Vladivostok o del Ártico, descartando la ruta occidental. Está previsto que el gaseoducto ruso entre en servicio alrededor de 2017-18, por lo que hasta el 2030 el volumen no superará los 12 bcm (billones de metros cúbicos), 8 procedentes desde Sajalin y 4 desde Siberia (Yakutia), y no llegará a los 338 bcm hasta 2048. En cuanto a las energías renovables, China es el primer productor de paneles solares y de turbinas de viento. Esta necesidad china de obtener recursos energéticos, ha motivado el interés de Pekín en los recursos de Asia Central, lo que entra en conflicto con la soberanía y la esfera de influencia rusas y la agresiva política norteamericana en la región, lo que está teniendo serías consecuencias para el equilibrio de poder en la región. No obstante, China sigue siendo el primer país productor de CO2 debido al consumo de carbón, que representa el 62% de la provisión neta de la energía que consume, con el consiguiente problema medioambiental.
Fuente de la imagen: http://elordenmundial.com/2015/05/25/china-el-sueno-americano-de-rusia/

Todos estos recursos están al servicio de una industria que encabeza la lista mundial de las producciones de acero, carbón, cemento, fertilizantes y televisores desde 1996, y es el tercer productor de automóviles a escala mundial, después de EEUU y de Japón.

Es el primer prestamista mundial, con las mayores reservas de divisas, es el acreedor principal de los EE.UU. con 1.800 millones de dólares en bonos del Tesoro, percibe anualmente de Washington casi 50.000 millones de dólares en concepto de intereses de la deuda, que acto seguido invierte en África con lo cual el imperio americano está financiando indirectamente la expansión de Pekín en el continente negro. En veinte años China ha desalojado a las antiguas potencias coloniales de su mercado africano.

China posee las fuerzas armadas más numerosas, es una de las cinco naciones que es vocal permanente del Consejo de Seguridad, es miembro fundador de la Cumbre Asiática Occidental, formada por la India, Australia, Nueva Zelanda y de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN por su sigla en inglés: Association of Southeast Asian Nations), la organización regional de estados del sudeste asiático compuesta por  diez: Malasia, Indonesia, Brunéi, Vietnam, Camboya, Laos, Myanmar, Singapur, Tailandia y Filipinas. Papúa Nueva Guinea y Timor Oriental son Estados observadores. Esta organización tiene una población de 600 millones de personas y el PIB conjunto es de 5,7 billones de dólares, a la que habría que sumar el volumen de población y el PIB de China. China no olvida que su flanco más endeble de su defensa es el mar, puesto que por él llegaron las invasiones del Japón y de los países occidentales, por eso su objetivo es la construcción de una flota militar moderna y capaz de competir a largo plazo con la de los EE.UU., si bien actualmente no cuenta con las nuevas tecnologías militares con las últimas innovaciones en sistemas armas y de comunicaciones.
Fuente de la imagen http://blogs.elconfidencial.com/mundo/las-tres-voces/2016-01-22/jugando-a-hacer-islas-en-el-mar-de-china

La economía mundial creció en 2015 un 2,4%[4] con fuertes desequilibrios en las distintas zonas, mientras China obtuvo un crecimiento del 6,9% sobre su PIB y ha crecido en un porcentaje semejante en 2016 y espera alcanzar el 6,5% en 2,17%[5] según el Banco Mundial. En los dos últimos años, China ha experimentado una desaceleración de su crecimiento económico especialmente pronunciada en los sectores manufacturero e inmobiliario, mientras que el exceso de capacidad productiva es cada vez más una rémora para una amplia serie de industrias. A pesar de que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) ha sido más lento, la creación de empleo urbano superó el objetivo anual para 2015, al tiempo que en el medio rural se mantiene estable, aumentando la renta disponible para los hogares a un ritmo superior al aumento del PIB, al igual que ocurre con el crecimiento del crédito que está provocando que el endeudamiento o apalancamiento financiero siga aumentando.

En China el comercio representa más del 45% de su PIB (media 2012-2014, OMC), con un superávit comercial muy importante, el país asiático se ha convertido en el mayor exportador del mundo y ocupa el segundo puesto en la clasificación de importadores. Después de haberse contraído en 2011 debido a la crisis de la zona euro, el excedente comercial se ha reforzado gracias a una ralentización del crecimiento de las importaciones, como consecuencia de la morosidad del mercado inmobiliario. En 2015, el superávit comercial chino alcanzó más de 595 mil millones de dólares, sobre todo debido a una caída de las importaciones (-14,1% con respecto a 2014) más rápida que la baja de las exportaciones (-2,8%). Los principales socios comerciales de China son los países del sudeste asiático, Estados Unidos y la Unión Europea[6].

China mantiene rígidos controles en el cambio de divisas, habiendo liberado las operaciones en cuentas corrientes, por lo que el renminbi no es libremente convertible manteniendo un tipo de cambio forzadamente bajo subestimando el gobierno chino su moneda para potenciar las exportaciones. La tasa de cambio es de 7,46 renminbis por 1 dólar, cuando el FMI estima que la paridad real es de a 1,96 renminbis por dólar. Sin embargo, esto no ha impedido que, a principios de octubre de 2016, China haya accedido al selecto grupo de monedas que integran los SDR’s, la moneda mundial que utiliza el FMI. Es sabido que, en 1944, en Bretton Woods, Massachusetts, los inminentes vencedores de la Segunda Guerra Mundial decidieron crear un orden económico y financiero mundial, que se apoyaría financieramente de forma principal, para mantener la hegemonía de los vencedores en dos instituciones: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Estas dos estructuras transnacionales continúan hoy dominando la estructura global financiera, y con la excepción de Corea del Norte y de Cuba, el resto de los países del mundo son miembros, excepto Corea del Norte y Cuba, país este último cuyo ingreso es muy próximo, dado el apoyo a su ingreso de los EE.UU. Con la entrada de China en la cesta de monedas del FMI, se hace irreversible el proceso de apertura financiera al capitalismo, y se reconoce su influencia en la estabilidad financiera mundial y el reconocimiento del importante papel que ha jugado China tanto en 1998 durante la crisis asiática, como en 2008 durante la Gran Recesión. Además, los hechos mandan: China es hoy el principal socio comercial de muchísimos países desarrollados, marcando de forma esencial la agenda de la economía mundial. Pero además, el ingreso de China en este selecto club de monedas es un reconocimiento a la transformación social y económica que ha sacado a 600 millones de personas de la pobreza, contribuyendo durante más de diez años al 50% del crecimiento mundial y convirtiendo a China en la segunda economía del mundo por tamaño y la primera potencia comercial, Después de 30 años de crecimiento económico superior al 10% anual, con una renta per cápita actual cercana a los 5.000 dólares cuando en  1978 era de 226 dólares y un 70% del PIB en manos privadas, la economía china ha entrado en un proceso de menor crecimiento que seguirá reduciéndose en el futuro, con niveles de endeudamiento superiores al 250% del PIB, un altísimo nivel de créditos improductivos en su sistema bancario y un nivel de envejecimiento de su población imparable, sin olvidar su papel de banquero de los EE.UU. y Europa  con 3,2 trillones de dólares norteamericanos en reservas, que le dan capacidad para absorber una ingente cantidad de deudas, lo que le permite, en competencia con el Banco Mundial y con la solitaria oposición de EE.UU., desempeñar un importante papel en la política de desarrollo mundial con la creación de su propio banco: AIIB. Por estas razones, el ingreso en los SDR’s, la moneda mundial que utiliza el FMI, es la puesta de largo del proyecto de Deng Xiaoping, una víctima de la Revolución Cultural de Mao Tse Tung, que impulsó en 1978 un sistema combinando el capitalismo económico y el comunismo político denominado “socialismo con características chinas”, y lograr ser una moneda reserva mundial sin ser convertible, sin tener una economía de mercado y sin ser un país democrático es todo un desafío al sistema de Bretton Woods, con el que se impuso el yugo de la hegemonía  norteamericana al mundo.  China representa así un modelo económico y social alternativo al del bloque capitalista liderado por los EE.UU. Un país de partido único, sin elecciones, con la justicia integrada en el poder ejecutivo, es un modelo para muchos países emergentes como Vietnam o Camboya, pero también puede serlo para otros de África o Iberoamérica. Para los que con la caída del muro de Berlín auguraban el triunfo total del capitalismo y el neoliberalismo y el final de la Historia, China  está demostrando que la historia es más compleja y está muy lejos de su final, pero a pesar de su éxito, los problemas para China no han cesado, ya que necesita crecer por encima del 5% hasta el 2020 para absorber los nuevos demandantes de empleo, y millones de chinos no tienen pensiones ni sanidad públicas, por lo que gigantesca tasa de ahorro privado no puede disminuir sin poner en riesgo su equilibrio social.

Sin embargo, no todo han sido ventajas en el desarrollo económico de China, su coste medioambiental ha sido y es muy alto. Décadas de progreso descontrolado han agotado o contaminado gran parte de los acuíferos destinados a abastecer a la población, una quinta parte de la población mundial. Una gran parte de la energía empleada en este impulso industrial ha tenido su origen en el consumo de carbón, que ha producido que las explotaciones carboníferas demanden cantidades inmensas de agua, lo que a su vez ha provocado la lenta desaparición de ríos y acuíferos, lo que combinado con un crecimiento caótico de las ciudades y una red de abastecimiento de agua obsoleta, y cuya sobrexplotación ha llevado a China a ver la desaparición de más de 27.000 ríos desde los años 50 del siglo pasado, dejando al país asiático con menos del 7% de las reservas globales y una demanda creciente por parte del 20% de la población mundial, factores que parecen empujar a la segunda economía del mundo a  su próxima gran crisis: la crisis del agua[7]. La demanda de agua derivada de las explotaciones carboníferas no es la única consecuencia visible que el desarrollo chino ha tenido sobre las reservas de agua del país. El aumento de la población y el consecuente crecimiento de los asentamientos urbanos son otra de las principales causas del problema.

El eje estratégico mundial se ha trasladado desde el Atlántico hasta el Pacífico asiático, con el auge económico de China, Japón, las dos Coreas, la India, Pakistán e Indonesia. Un desplazamiento del polo de poder y hegemonía mundial que no ha dejado indiferente a los EE.UU., que están incrementando su poder militar como medio de mantener su el dólar como moneda de reserva mundial, verdadero talón de Aquiles de su poder, lo que evidentemente irá en perjuicio de la OTAN y de la Unión Europea, tendencia que se verá reforzada con la ampliación del Canal de Panamá en curso, que hará posible el paso de los portaaviones de ataque norteamericanos del Atlántico al Pacífico. Los EEUU están librando una guerra preventiva contra la amenaza que supone la alianza ruso-china, y tratan de establecen el aparato militar y estratégico necesario ante un posible enfrentamiento con ambas potencias, que desde Washington se juzga inevitable en un futuro no demasiado lejano.

La geoestrategia china.

La importancia mundial de China en el S. XXI es indudable, tanto por su economía como por su demografía, dos factores predominantes tanto a nivel geopolítico como geoestratégico. Pero su factor estratégico más débil es la dependencia energética del exterior, lo que hace al país especialmente dependiente de Rusia y de la futura ruta de suministros norte a través de la costa rusa con el Ártico, próxima a abrirse con el deshielo provocado por el calentamiento atmosférico y los gaseoductos que suministran a la economía china a través de Siberia. En tanto ello ocurre, y dado que la mayor parte del crudo que consume su economía procede del Golfo Pérsico, China tratará de mantener abierta esta línea de suministro, lo que determina su geoestrategia estableciendo como prioridad el mantenimiento del suministro de petróleo y gas a través del Océano Indico procedente de Oriente Medio intentando garantizar la defensa de esta línea de aprovisionamiento marítimo. Este objetivo ha dado lugar al establecimiento de la estrategia naval conocida como el “Collar de Perlas”, una cadena de bases de apoyo logístico y operativo a lo largo de la costa septentrional del Indico, de la que forman parte la base naval en la isla de Woody entre Vietnam y Filipinas, el puerto de Itwe en Birmania, la base naval de Gwadar (Pakistán) a 160 millas del Estrecho de Ormuz, el gran puerto de Nambatok (Sri Lanka) y hasta Port Sudán vía Irán, así como el perímetro del Golfo de Adén, con las que China tratará de dominar el Océano Índico septentrional y el control de los estrechos de Ormuz y de Malaca. Esto requeriría la presencia permanente en el Océano Indico Septentrional de un grupo de combate aeronaval perteneciente a la Flota Meridional de China dedicado a la protección de esta línea vital de la economía china.


El desarrollo chino de las últimas décadas no admite comparación con ningún otro en la Historia reciente, y en el caso de que continúe este crecimiento anual durante los próximos 20 años, China será la primera potencia mundial en todos los órdenes, pero no estará exenta de amenazas y riesgos que pueden poner en cuestión la hegemonía y el liderazgo mundial al que sin duda aspira. Lo que inevitablemente conducirá al imperio del centro al enfrentamiento con los EE.UU. para el que China parece estar preparándose, mejorando las capacidades de su marina de guerra al contar con un portaaviones operativo, de menor entidad por ahora, y otro en construcción, un submarino nuclear balístico, sesenta submarinos convencionales, y continúa el desarrollo y prueba de armas estratégicas, habiendo probado con éxito un misil balístico intercontinental. Pero son muchos los posibles conflictos latentes en este momento: Una eventual proclamación de independencia de Taiwán apoyada por los EE.UU.; un conflicto con Japón, tras un periodo de guerra fría por la soberanía del Archipiélago de las Islas Senkaku, y por los de las Islas Paracelso y Spratly; o, por último, un conflicto interno secesionista con la región autónoma de Sinkiang.  Pero son muchos los posibles conflictos latentes en este momento: Una eventual proclamación de independencia de Taiwán apoyada por los EE.UU.; un conflicto con Japón, tras un periodo de guerra fría por la soberanía del Archipiélago de las Islas Senkaku, y por los de las Islas Paracelso y Spratly; o, por último, un conflicto interno secesionista con la región autónoma de Sinkiang.

Pero son muchos los posibles conflictos latentes en este momento: Una eventual proclamación de independencia de Taiwán apoyada por los EE.UU.; un conflicto con Japón, tras un periodo de guerra fría por la soberanía del Archipiélago de las Islas Senkaku, y por los de las Islas Paracelso y Spratly; o, por último, un conflicto interno secesionista con la región autónoma de Sinkiang. La prevención de un eventual conflicto por la posesión de Taiwán obliga a China a dominar el mar Meridional llevando a cabo ataques preventivos contra las fuerzas aeronavales norteamericanas basadas en el Pacífico Occidental, con el objeto de obligarlas a alejarse de la costa china y operar a mayor distancia, lo que iría seguido por operaciones aeronavales de gran intensidad que impidan la presencia de fuerzas aeronavales de los EE.UU. dentro del espacio marítimo del Mar de China hasta la primera cadena de islas, logrando obstruir la llegada de fuerzas de los EE.UU. en apoyo de Taiwán, para concluir con un asalto anfibio en gran escala sobre esta isla. En cuanto al desarrollo de un hipotético conflicto con Japón por el Archipiélago de las Senkaku, pasa necesariamente por el estrangulamiento energético del Japón por medio del bloqueo aeronaval, al mismo tiempo que garantiza el suministro propio, buscando resolver el conflicto librando una única batalla decisiva que permita la finalización diplomática del conflicto. Finalmente, un conflicto por los archipiélagos de las Islas Paracelso y Spratly implicaría una variedad de contendientes, Taiwán, Vietnam, Malasia y Filipinas, sitúa a China ante la imperiosa necesidad de conseguir el dominio del mar circundante, con capacidad para eliminar todas las amenazas que pudieran poner en peligro la ocupación china de estos archipiélagos.

Por último, no debe olvidarse el conflicto en el espacio virtual de la ciberseguridad. Este nuevo escenario se ha convertido en una fuente de tensión entre China y los EE.UU., poniendo a China ante el desafío de lograr obtener información sensible adversa y preservar la propia. Erróneamente, la Unión Europea mantiene una política de ciberseguridad meramente defensiva, mientras que China, Rusia, Irán o EE.UU. han adoptado una postura ofensiva provocando una escalada de incidentes, que sin duda puede tener efectos impredecibles. El papel de actor protagonista que China interpreta en las relaciones internacionales, nos obliga a estudiar las reacciones geoestratégicas que respecto de China han adoptado las principales potencias.




[1] Es un término despectivo que utilizaban los reformistas partidarios del mercado, para referirse al sistema de seguridad de empleo y a los beneficios de seguridad social de los que gozaban una parte de la clase obrera urbana.
[2] El acuerdo, inicialmente conocido como Pacific Three Closer Economic Partnership (P3-CEP), tuvo como inicio de sus negociaciones la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) celebrada el año 2002 en Los Cabos, México, por el presidente de Chile Ricardo Lagos, y los primeros ministros Helen Clark, de Nueva Zelanda, y Goh Chok Tong, de Singapur. Posteriormente, Brunéi participó por primera vez en la quinta ronda de negociaciones en abril de 2005, momento desde el cual se conoció como Acuerdo P4. Pero el verdadero impulso del TPP tuvo lugar cuando Bush informó al Congreso el 22 de septiembre 2005 de la intención de los EE.UU. de adherirse a dicha negociación. El propósito del acuerdo original era eliminar el 90% de los aranceles entre los países miembros al 1 de enero de 2006, y eliminarlos completamente antes de 2015. Después, ocho países más —Australia, Canadá, Estados Unidos, Japón, Malasia, México, Perú y Vietnam— se sumaron al grupo. El TPP recoge acuerdos en materia de agricultura, aduanas, bienes industriales, reglas de origen, textiles, servicios, servicios financieros, movilidad de personas de negocios, inversión, telecomunicaciones, competencia/empresas comerciales del Estado, comercio y medio ambiente, compras de gobierno, derechos de propiedad intelectual, comercio y trabajo, medidas sanitarias y fitosanitarias, obstáculos técnicos al comercio, remedios comerciales, y temas legales e institucionales, y contiene  fuertes restricciones y medidas de protección de la propiedad intelectual, aún más severas que las del tratado de libre comercio entre Corea del Sur y los Estados Unidos y al Acuerdo Comercial Anti-Falsificación (ACTA), siendo incluso comparadas con el polémico proyecto de ley Stop Online Piracy Act (SOPA), lo que afecta a la disponibilidad de medicamentos genéricos en los países más pobres. Al igual que ocurre con el tratado transatlántico, el tratado transpacífico se negoció en secreto, impidiendo incluso a los parlamentarios de los países involucrados el libre acceso a los documentos.
[3]http://lagranpartida.blogspot.com.es/2013/06/la-geopolitica-de-las-tierras-raras-el.html
[4] http://www.bancomundial.org/es/news/press-release/2016/01/06/anemic-recovery-in-emerging-markets-to-weigh-heavily-on-global-growth-in-2016
[5] http://www.globalasia.com/actualidad/economia/el-banco-mundial-pronostica-que-china-crecera-un-67
[6] El tipo de cambio es bajo y subestimado. La tasa de cambio es de 7,46 CNY por 1 USD, cuando el FMI estima la paridad a 1,96 CNY por 1 USD. La volatilidad de la moneda aumentará con las presiones internacionales al gobierno para que la revalorice.
[7] Vid. “El agua: el grave problema geoestratégico de China”. http://lagranpartida.blogspot.com.es/2016/04/el-agua-el-grave-problema.html

viernes, 28 de octubre de 2016

LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO

 
“Finalmente, un todo indivisible, pero es la guerra ambulante y perpetua, la que realiza y garantiza esa unidad… La unidad de la humanidad significa: nadie puede escapar a ninguna parte”.
 
Milan Kundera
“El arte de la novela”
 
Los días 8 y 9 de julio de 2016 se celebró en Varsovia la XXVIII cumbre de la OTAN. En este cónclave, los países participantes como miembros de la alianza, señalaron como principales enemigos de Occidente a dos potencias nacionales que no han agredido a ningún país de la OTAN ni a sus aliados políticos o comerciales: Rusia y China. Este designio consagra la nueva naturaleza del tratado atlántico: una alianza entre naciones soberanas en torno a una potencia dominante que lidera un bloque político e ideológico, que es un conglomerado de potencias menores dependientes de otra hegemónica, que sostiene un proyecto transnacional de construcción de un orden mundial organizado sobre un espacio político y comercial único, que no responde al interés nacional de ninguna de las potencias que lo forman, ni tan siquiera la dominante, sino al de una red de poder económico global. De esta manera, el enfrentamiento actual no tiene lugar entre bloques antagónicos de potencias soberanas, sino entre dos espacios: el transnacional globalizador y mundialista por un lado; y el de la resistencia a la implantación de un mundo único globalizado.
 
En los últimos años la política de agresión de la OTAN se ha concretado en maniobras en los países bálticos y Polonia, injerencias en Crimea y en Ucrania provocando una guerra civil a las puertas de Rusia, establecimiento de bases militares y acuerdos de cooperación militar en el Cáucaso y en las antiguas repúblicas soviéticas musulmanas de Asia Central, incremento del despliegue militar en el Mar de China, establecimiento de un cordón de bases militares amenazando las líneas de suministro de crudo a China desde Oriente Medio, instigación de guerras en Siria, Irak y Afganistán, presión en todos los órdenes sobre Irán. En el plano económico y comercial los EE.UU. vienen promoviendo dos acuerdos comerciales el TTP[1] en el Pacífico y el TTIP[2] en el Atlántico con Europa, esbozando un espacio de poder no sólo económico, sino político y militar, que sitúa a los EE.UU. como centro y eje a caballo de ambos océanos, en cuyos límites se sitúan las fronteras del enemigo exterior; Rusia en la Europa Oriental y China en Extremo Oriente.
 
Los movimientos geopolíticos del mundialismo globalista encarnado por la OTAN, responden a los intentos de expansión de la hegemonía norteamericana por todos los mares. Se trata de encerrar a Rusia y China en el espacio continental euroasiático, al tiempo que se dominan todos los accesos de ambas potencias a los recursos energéticos y demás materias primas vitales para sus respectivas economías. Como respuesta, Rusia, China y algunas potencias menores disidentes como Irán, han respondido dando pasos para articular una respuesta tendente a contrarrestar los esfuerzos de EE.UU., creando foros de cooperación como la Organización de Shanghái[3]. Una vez más, se reproduce la dicotomía del enfrentamiento entre la Tierra y la Mar tal y como Carl Schmitt[4] tan sabiamente expuso. Unos movimientos que no responden al expansionismo nacional de los EE.UU. ni de ninguna otra potencia, sino a la ambición de construir un orden planetario, un sistema de poder en manos de una élite transnacional emancipada de cualquier definición nacional.

Líderes políticos participantes en la XXVIII cumbre de la OTAN
La realidad de este momento histórico, nos acerca al proyecto del establecimiento de un Estado Mundial[5] que ha sido reivindicado por la modernidad desde el S. XVIII, y de forma especial a partir del pasado S. XX. Al final de la Primera Guerra Mundial con la redacción de los catorce puntos de Wilson, se realizó la primera declaración programática del “nuevo orden mundial” bajo el signo de la globalización, y se sentaron las bases para el orden impuesto en este siglo por las potencias victoriosas en ambas guerras mundiales: desaparición de barreras económicas, libertad universal de navegación en los mares, desmantelamiento progresivo del sistema colonial, propuesta de una asamblea de naciones. 
 
El gran obstáculo para el nuevo orden mundial nacido de la Gran Guerra, fueron los fascismos europeos, que protagonizaron la resistencia frente a las aspiraciones universalistas del socialismo marxista y el capitalismo. Un obstáculo que se destruyó a sangre y fuego con la Segunda Guerra Mundial que enfrentó a estos países con la coalición de los otros dos grandes proyectos políticos modernos: el marxista, con su Internacional Comunista y la dictadura del proletariado, que se situaban por encima de las fronteras y las naciones; y por el otro, el liberal, que posicionó al libre mercado y al dinero como regulador natural de la vida social y principio rector de un nuevo orden internacional, situado por encima de las naciones y sus fronteras. 
 
El final de la guerra ofreció como resultado un nuevo orden y el enfrentamiento de los dos bloques antes aliados:
 
A) Por un lado, los EE.UU. erigido como adalid del globalismo resultante del conflicto que, en fecha tan temprana como 1944, imponía en los acuerdos de Bretton Woods[6] una nueva arquitectura del poder mundial, basada en los mismos principios enunciados por Wilson: libre comercio internacional, la tradicional reclamación anglosajona de libertad de navegación en los mares, reducción de las fronteras nacionales, libre mercado, a lo que se añadiría la creación de la Organización de Naciones Unidas (ONU) heredera de la Asamblea de Naciones wilsoniana. Pero a la declaración de Wilson, esta vez se le añadía una novedad esencial: ahora el orden internacional quedaba garantizado con la creación de instituciones transnacionales que, en última instancia, se apoyaban en una alianza militar. De esta manera, las decisiones tomadas a nivel nacional perdían su valor, al quedar los Estados nacionales insertos en una red institucional que disminuía su independencia y soberanía. El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la imposición del dólar como referencia internacional de cambio en lo económico, la ONU en lo político y la OTAN en lo militar, creada en 1949, consagraban el sistema. El resultado final de la guerra, fue la conversión de los Estados nacionales en personajes secundarios de un drama histórico sobre cuyo desarrollo habían perdido el control., ya que el guion de los acontecimientos, lo escribía una compleja red de organismos internacionales de carácter político, económico, comercial, diplomático y militar, cuya existencia y funcionamiento se fundamentaba en la legitimidad que le prestaba en última instancia la victoria militar de 1945, y en la definición de una legalidad internacional de la que ningún Estado puede apartarse sin cosechar el repudio y el aislamiento más radical;
 
B) Por el otro, la URSS creo en 1955 el Pacto de Varsovia y el Consejo de Ayuda Mutua Económica (COMECON), en un intento de contrarrestar a los organismos económicos internacionales de economía capitalista, que se pretendían a sí mismos como la expresión del internacionalismo proletario, lo que era puramente retórico y falso, pues en realidad en el campo comunista sólo contaban los intereses nacionales de las dos grandes potencias de este signo: Rusia y China. Al final, fue la incapacidad para superar su propia visión particular nacional lo que apartó a las potencias comunistas de la meta del pensamiento moderno, la creación de un orden planetario, lo que a la larga precipitó su caída.
 

1989, cae el Muro de Berlín

El colapso del mundo comunista en 1989 significó el triunfo del mundo liberal mercantil centrado en el dinero como eje de la existencia, y la recuperación del proyecto kantiano de un Estado Mundial. A partir de este momento son las grandes corporaciones transnacionales financieras e industriales, liderando un mundo regido por las leyes del mercado, el consumo y el individualismo las que acometerían el proyecto del Gobierno Mundial. La idea de un Occidente cristiano, que había servido como coartada para enfrentarse el comunismo soviético, se esfumaba dejando paso a un paradigma estrictamente economicista y materialista. La caída del muro de Berlín y el derrumbe del bloque soviético que supuso el final de la dialéctica de enfrentamiento entre bloque ideológicos, ha dado paso a la confrontación entre un proyecto unipolar, el del orden global liderado por los EE.UU., y una resistencia multipolar encabezada por Rusia, China e Irán. En este contexto, la red institucional nacida en Bretton Woods continúa su misión globalizadora de construcción del Nuevo Orden Mundial, y la OTAN se ha convertido en el brazo armado del nuevo orden mundial en el Atlántico, mientras que en el Pacífico los EE.UU. recuperan su alianza con Australia y Nueva Zelanda (ANZUS) y con sus protectorados de Japón, Taiwán, Corea del Sur, Tailandia y Filipinas.

La recuperación de Rusia y el auge de China, han dado lugar a la aparición de una seria resistencia al proceso de construcción del Nuevo Orden Mundial. Pero sin que este proceso se haya detenido en ningún momento, sino que por el contrario, y como respuesta la resistencia ofrecida por las potencias emergentes, el proceso de construcción del Gobierno Mundial, ha experimentado una aceleración a través de la red institucional global que no se ha detenido en los órdenes financiero o comercial, sino que la agenda mundialista se ha extendido a la implantación universal en Occidente de las políticas de destrucción de los cimientos sociales: inmigración, aborto y matrimonio homosexual. Sin olvidar el aumento de la dependencia de los Estados occidentales de los organismos internacionales mundialistas, a través del aumento exponencial de la deuda pública. Los primeros movimientos de resistencia coordinada contra el mundo unipolar del mundialismo, surgieron tras la Gran Recesión de 2008 y fueron protagonizados por Rusia, China, la India y los BRIC’S, que propusieron la creación de una organización alternativa al FMI, como primer paso hacia la sustitución del dólar como moneda de reserva mundial, algo que ya le había costado la invasión a Irak y la vida a Sadam Hussein, la reacción de EE.UU. y sus vasallos no se ha hizo esperar. En 2010 provocaron las llamadas “primaveras árabes” reordenando según sus intereses la cuenca mediterránea, la crisis de Ucrania tuvo lugar en 2013, al tratar de absorber a esta nación en el esquema de la Unión Europea y la OTAN, teniendo su secuela en Crimea en 2014. Las primeras terminaron derivando en la guerra de Siria y el golpe de estado en Egipto, mientras que la segunda derivó en la guerra civil aún en curso. Simultáneamente, el precio del crudo cayó drásticamente y dio comienzo la crisis de las materias primas. Al tiempo, Estados Unidos ha firmado el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP) formando un cerco económico sobre China, paralelo al militar que ha formado con Nueva Zelanda y Australia, desde el Golfo Pérsico hasta el Estrecho de Bering.
 

China, la nueva potencia mundial

En paralelo a su actuación en Asia, maniobraba en Hispanoamérica para contrarrestar la creciente influencia china sobre los países suramericanos, y en Europa provocaba la llamada “crisis de los refugiados” provocando la quiebra del espacio único europeo y el agrietamiento del maltrecho proyecto de unidad de Europa, mientras que sus vasallos del Viejo Continente se unían al cerco sobre Rusia desde el Báltico hasta Irak pasando por Turquía. Es cierto que las sociedades europeas, siguen viendo a la OTAN como una alianza internacional puramente defensiva en un orden de naciones con intereses comunes, dentro de una concepción de defensa de los intereses nacionales. Pero esta visión de las sociedades occidentales está completamente obsoleta, pues la realidad es que los gobiernos europeos han llevado a sus países a participar en el proyecto de instauración de un Gobierno Mundial mucho más allá de sus fronteras, y las resistencias que van apareciendo al proyecto mundialista se deben más al proceso de sustitución de la población europea autóctona por la inmigrante, más que a una discrepancia en sí del proyecto mundialista. Una visión egocéntrica que se acusado aún más desde la Gran Recesión de 2008, en la que cada país ha querido buscar soluciones para sí olvidándose del conjunto, sobre todo a raíz de que la ciudadanía ha tomado conciencia del impacto que sobre las sociedades europeas ha supuesto la pérdida de soberanía en favor de la burocracia de Bruselas. Todos estos procesos han culminado el cerco a Rusia y China en el espacio continental euroasiático.

Fuente ilustración: https://larealidadsuperaalaficcion.wordpress.com/2015/10/25/motivos-para-la-guerra-en-siria/
Por su parte, el mundo islámico se ha convertido en uno de los principales elementos de oposición al proyecto del Gobierno Mundial. Sin haber experimentado el proceso de secularización que ha vivido Occidente, la civilización islámica representa un modelo de universalidad alternativo al capitalista, cuyos principios son radicalmente opuestos a los del globalismo mundialista del liberalismo capitalista. Frente a esta idea de civilización, la respuesta del Nuevo Orden Mundial fue doble: por un lado la idea hegeliana reformulada por Fukuyama del “fin de la Historia”[7]; por otro, la idea de “Choque de Civilizaciones” de Huntington[8], tan próximo a los
Samuel P. Huntington,
autor de El Choque de las Civilizaciones
neoconservadores norteamericanos[9] que señala que el planeta se divide en espacios de civilización que chocan entre sí inevitablemente, por lo que la paz perpetua no puede ser alcanzada sin conflicto.
 
Huntington sugería la conveniencia de enfrentar a los países y facciones musulmanas, chiitas y sunnitas, entre sí para debilitar la resistencia de ese espacio de civilización frente a la imposición del Nuevo Orden Mundial. Pero lejos de debilitar la respuesta del Islam, la presión globalista ha crispado al mundo musulmán llevando a varios países históricamente firmes aliados de EE.UU., como Arabia Saudí o Pakistán, o incluso miembros de la OTAN como Turquía, a buscar su legitimación en sus raíces islámicas, lo que ha provocado el auge de partidos islámicos y el cuestionamiento de su relación con Occidente. Sin embargo, la falta de unidad del mundo islámico ha debilitado su respuesta, por lo que desde los EE.UU. se sigue percibiendo como el enemigo a batir a Rusia, China e Irán.
 
Las espadas están alzadas anunciando la guerra del fin del mundo, una nueva guerra cuyas primeras batallas ya se están llevando a cabo. Una guerra final que enfrenta a dos bandos claramente afirmados en el campo de batalla: por un lado, el del nuevo orden mundial y la red de estructuras transnacionales lideradas por los EE.UU., que pretende gobernar el mundo desde los mares; y por el otro, el de las dos grandes potencias continentales, Rusia y China, encerrados en el espacio continental euroasiático que se oponen a su desaparición el magma gris del mundo unipolar. Estamos ante la guerra del fin del mundo tal y como lo hemos conocido, la última antes de constituir el orden mundial cosmopolita. Un mundo sin razas, sin credos, sin culturas y sin historia.
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[1] EEUU y once países del Pacífico (entre ellos Japón y Australia) firmaron en octubre de 2015 el Trans-Pacific Partnership (TPP) que representa el 38% de la economía mundial con unos beneficios aproximados de 233.000 millones de dólares al año, de los que 77.000 millones llegarán a los EEUU. Lograr la firma de este tratado ha sido uno de los objetivos primordiales de la administración Obama durante su segundo mandato. 
[2] El Transatlantic Trade and Investment Partnershipcon (TTIP) que se pretende firmar con la UE, según los cálculos del Centre for Economic Policy Research (CEPR), arrojaría unos beneficios que eventualmente podrían alcanzar los 119.000 millones de euros al año para Europa y unos 95.000 millones para EEUU. Las exportaciones europeas a los EE.UU. podrían crecer un 28% y el total de ventas al exterior subiría un 6%. Lo que no se sabe es cómo se distribuirían esos beneficios, ni de qué manera afectaría a las exportaciones y aun es más desconocido cómo se crearían los puestos de trabajo que se dice que el tratado generaría, ni en qué lugar ni en los sectores de producción en los que se generarían. Por el contrario, lo que sí es conocido es que muy diferentes sectores de producción se verían afectados negativamente, especialmente los menos especializados y con la mano de obra menos cualificada y peor retribuida, que a su vez coinciden con las industrias menos competitivas y más protegidas, pero que se encuentran organizadas para presionar a los gobiernos nacionales apelando a la soberanía nacional, incluso a costa del interés general. 
[3] Las recientes cumbres de la Organización de Cooperación de Shanghái ponen de manifiesto el comienzo de una nueva etapa en las relaciones entre Rusia y China, en la cual lejos del enfrentamiento de hace unas décadas, han descubierto la complementariedad de sus intereses frente a la hegemonía de EE.UU. en los ámbitos económico, político y militar. Mientras China le añade peso económico a la Organización de Cooperación de Shanghái, la participación de Rusia le atribuye un importante papel político, y contribuye a una cooperación más estrecha en su aspecto militar. Además, la próxima inclusión de dos nuevos miembros -India y Pakistán- lanzado en la última cumbre de la OCS, contribuirá a la creación de un espacio económico que podrá competir con éxito a la UE y está en condiciones de restar influencia al imperio de EE.UU. en Asia. 
[4] Schmitt, Carl, Tierra y Mar. Ed. Instituto de Estudios Políticos. Madrid 1952. Este ensayo está planteado como una larga carta a su hija Amina, afincada en España, en la que le plantea "una reflexión sobre la historia universal" a la luz de la contraposición entre las potencias marítimas y las terrestres, bíblicamente representadas por los monstruos Leviatán y Behemoth, que le sirven para reinterpretar las dicotomías de la historia humana: amigo y enemigo, orden y desorden, guerra y paz, miedo y seguridad, bien y mal. Un conflicto permanente entre tierra y mar, como espacios vitales de desarrollo para el hombre. Analiza las distintas etapas de conquista de la humanidad en los diferentes periodos de ésta y explica el desarrollo que a través de esas expansiones se produce en el terreno político, de la que son ejemplo la lucha entre Atenas y Esparta, entre Inglaterra y Alemania o entre los Estados Unidos y Rusia. Desde el concepto mismo de soberanía reflexiona y da respuesta al por qué de la distribución mundial, la cual está determinada de una manera concreta por un motivo que va íntimamente ligado al concepto de conquista, entendida como un proceso que produce necesariamente una nueva visión del mundo y expande el horizonte vital del hombre. Así destaca como sentencia contundente “Quien domina el mar domina el comercio del mundo”. Es decir, es una reflexión sobre los cambios de perspectiva política que han determinado el horizonte espacial del hombre A pesar de lo sintético de la obra, su desarrollo le sirve como base para reflexionar sobre como el hombre pasa de ser criatura de tierra a conquistador de los mares y, finalmente, de los cielos. Schmitt va de lo histórico a lo jurídico, de lo místico a lo mítico, haciendo un recorrido por la historia geopolítica de la humanidad. Sorprende su habilidad para interpretarla a través de categorías elementales, como las que la filosofía presocrática había individualizado como "las raíces de todas las cosas": tierra, agua, fuego y aire. En la actualidad, es Alexander Dugin, sigue planteando la misma dicotomía sobre un inmortal conflicto entre las potencias comerciales marítimas y terrestres. 
[5] Ya Immanuel Kant expuso en 1795 esta idea en Sobre la paz perpetua (Zum ewigen Frieden. Ein philosophischer Entwurf). Una obra política cuyo objetivo es encontrar una estructura mundial semejante a un Estado Federal, y una perspectiva de gobierno para cada uno de los Estados en particular que favorezca la paz. El proyecto kantiano es un proyecto jurídico y no ético: Kant cree posible construir un orden jurídico que coloque la guerra como algo ilegal, como ocurre dentro de los estados federales. La obra se compone de 6 artículos preliminares y 3 artículos definitivos y 2 suplementos alrededor de los cuales se desarrolla la reflexión. 
[6] En 1944 se reunieron más de 700 representantes de 44 países en un hotel de las montañas de New Hampshire, una cantidad nada despreciable si se tiene en cuenta que la mayor parte de Asia y África eran colonias europeas y que Europa en su mayoría estaba ocupada o era fascista. La conferencia fue un éxito de EE.UU. al conseguir imponer su propuesta, formulada por el economista Harry Dexter White, ante la iniciativa británica, cuya paternidad correspondía al prestigioso John Maynard Keynes. White consiguió que se decidiera la creación del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, que en un primer momento se llamó Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo. Otra consecuencia fue la sustitución del patrón-oro por un patrón-dólar. Hasta entonces los países respaldaban las diferentes monedas nacionales con sus reservas de oro que, con el enorme gasto bélico, habían caído en picado en la mayoría de países. La conferencia de Bretton Woods estableció una equivalencia fija entre dólares y oro (una onza de este metal valdría siempre 35 dólares) con lo que la moneda estadounidense se convirtió en la divisa de referencia o reserva mundial. Bretton Woods dio lugar también al Acuerdo General de Aranceles y Comercio (conocido como GATT, por sus siglas en inglés), que iniciaría un proceso que culminaría en 1995 con la creación de la Organización Mundial del Comercio. 
[7] Francis Fukuyama (nacido el 27 de octubre de 1952 en Chicago) es un influyente politólogo estadounidense de origen japonés. El Dr. Fukuyama ha escrito sobre una variedad de temas en el área de desarrollo y política internacional. Su libro “El fin de la historía y el último hombre”, publicado por Free Press en 1992, ha sido traducido a más de 20 idiomas. Su libro más reciente es “Los orígenes del orden político” –The origins of political order-, publicado en abril de 2011. El segundo volumen fue publicado en noviembre del 2014, cuyo título es Political Order and Political Decay. Entre otros libros de su autoría se encuentran: America at the Crossroads: Democracy, Power, and the Neoconservative Legacy, Our Posthuman Future:  Consequences of the Biotechnology Revolution y Trust:  The Social Virtues and the Creation of Prosperity. Fukuyama fue el impulsor del llamado Proyecto para el Nuevo Siglo Americano (PNAC), expuesto durante la presidencia de Bill Clinton y considerado como uno de los núcleos de pensamiento de los neoconservadores, especialmente en política exterior. Fue uno de los firmantes fundacionales junto con Cheney, Wolfowitz, Rumsfeld o Lewis “Scooter” Libby, muchos de ellos de una importancia vital durante el gobierno del presidente republicano George W. Bush. En 1998, Fukuyama firmó, junto a algunos de los anteriores y a otros como Robert Kagan, Richard Perle, William Kristol o John Bolton, una carta al presidente demócrata Clinton a favor de una segunda guerra contra Irak, que después fructificaría en la Segunda Guerra del Golfo por parte del nuevo gobierno republicano. En uno de sus últimos libros, La construcción del Estado. Hacia un nuevo orden mundial en el siglo XXI (2004), describe cómo la mayoría de los países se están adaptando a la democracia liberal, fusionándola con algunas de las costumbres locales. Examina algunas posibles fórmulas para que la evolución de esta nueva política y economía no sea un fracaso. Defiende, pues, el fortalecimiento de las instituciones estatales en los países pobres como principal reto estratégico de las democracias en el siglo XXI. (Vid. Fernández-Cruz Sequera, Francisco José. Ayn Rand y Leo Strauss. El capitalismo, sus tiranos y sus dioses. Editorial EAS, Alicante, 2015.). Es conocido sobre todo por haber escrito el controvertido libro El fin de la Historia y el último hombre de 1992, en el que defiende la teoría de que la historia humana como lucha entre ideologías ha concluido, ha dado inicio a un mundo basado en la política y economía de libre mercado que se ha impuesto a lo que el autor denomina utopías tras el fin de la Guerra Fría. Inspirándose en Hegel, idealista alemán, y en alguno de sus exegetas del siglo XX, como Alexandre Kojève, afirma que el motor de la historia, que, afirma, es el deseo de reconocimiento, el thymos platónico, se ha paralizado en la actualidad con lo que Fukuyama califica el fracaso del régimen comunista, que demuestra que la única opción viable es el liberalismo democrático, confluyendo así en el llamado pensamiento único: las ideologías ya no son necesarias y han sido sustituidas por la Economía. Estados Unidos sería así la única realización posible del sueño marxista de una sociedad sin clases. Pero esto no significa que ya no sucederán más cosas a través de la historia: ésta va generalmente determinada por la ciencia, la cual no ha encontrado todavía sus límites. En la actualidad sería el turno de la biología, y los descubrimientos que se hagan en esta ciencia determinarán el futuro.
[8] Samuel Phillips Huntington (18 de abril de 1927 - 24 de diciembre de 2008) fue un politólogo y profesor de Ciencias Políticas en el Eaton College y Director del Instituto John M. Olin de Estudios Estratégicos de la Universidad de Harvard. Huntington es conocido por su análisis de la relación entre el gobierno civil y militar, su investigación acerca de los golpes de estado en países del tercer mundo y su tesis acerca de los conflictos sociales futuros. Ha sido miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, la Presidential Task Force on International Development, la Commission on the United States-Latin American Relationships y la Comission on Integrated Long Term Strategy. En sus obras ha elaborado su propia definición del concepto de sistema político y de régimen político entre otras, que se consideran de referencia en la materia. Se retiró de la enseñanza en 2007 tras 58 años de docencia en la Universidad de Harvard y falleció el 24 de diciembre de 2008 a la edad de 81 años en Martha's Vineyard, Estados Unidos. En 1993, Huntington encendió un importante debate sobre relaciones internacionales con la publicación de un artículo extremadamente influyente y comúnmente citado, titulado ¿El choque de civilizaciones? (Original en inglés The Clash of Civilizations?) en la revista Foreign Affairs. Con frecuencia, a este artículo se lo compara con la visión expresada por Francis Fukuyama en El fin de la Historia y el último hombre. Posteriormente, Huntington expandió este trabajo en un libro completo, publicado en 1996, titulado El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Original en inglés The Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order.) El artículo y el libro articulan su teoría de un mundo compuesto por múltiples civilizaciones en conflicto. En sus escritos critica, tanto al comportamiento occidental como el "no-occidental", acusando a ambos de hipócritas ocasionales y de estar centrados en sí mismos. Huntington también advierte que las naciones occidentales podrían perder su predominancia si fallan en reconocer la naturaleza de esta tensión latente. Sus críticos opinan que este trabajo es una manera encubierta de hacer legítima la agresión hacia los países del tercer mundo por parte del occidente liderado por los Estados Unidos, con el objeto de impedir que las regiones subdesarrolladas y en vías de desarrollo alcancen el nivel económico de los países ricos. Sin embargo, Huntington también ha argumentado que este cambio en la estructura geopolítica requiere que Occidente se fortalezca internamente, abandonando el universalismo democrático y el incesante intervencionismo. Es interesante comparar a Huntington, su teoría acerca de las civilizaciones y su influencia sobre los creadores de políticas en el Pentágono y la Administración de los Estados Unidos, con Arnold J. Toynbee y su teoría, que se basa fuertemente en la religión y ha recibido críticas similares. Algunos estudios recientes han demostrado fallas sustanciales en el tratamiento de Huntington para elaborar un modelo aplicable a las democracias latinoamericanas como así su idea cultural de las civilizaciones. Maximiliano Korstanje enfatiza en que es erróneo argüir que los países hispano-americanos hayan solidificado sus instituciones por medio de una democracia corporativa.
[8] Vid. Fernández-Cruz Sequera, Francisco José. Ayn Rand y Leo Strauss. El capitalismo, sus tiranos y sus dioses. Editorial EAS, Alicante, 2015.