sábado, 13 de abril de 2013

LAS CAUSAS DEL MUY PROBABLE FRACASO DE LA DEVALUACIÓN INTERNA ESPAÑOLA



Las circunstancias que vivimos en España son especialmente graves por diversas razones. El gobierno español mantiene una actitud pasiva ante la “crisis”, que se explica en parte por la espera en vano de que la devaluación interna[1] dispare las exportaciones y se recuperen las tasas de beneficios de las empresas. De este modo con el alza de la demanda externa se recuperaría el empleo. Esta absurda política, es un reflejo más del fracaso de un sistema oligárquico atento sólo a satisfacer los intereses de sus clases dominantes.
La devaluación interna será inútil por el alza de los precios de la energía y de los productos importados, que elevarán los costes de producción compensando la reducción del coste de la mano de obra. El suministro de energía de todas las fuentes no renovables (petróleo, gas, carbón y uranio) podría llegar a su máximo en tan sólo cuatro años más, según el informe publicado por Energy Watch Group[2] que no es de los más pesimistas. Estas fuentes de energía suponen el 92% de la energía primaria del mundo, lo que significa que se producirá un constante y progresivo encarecimiento de la energía y en consecuencia de la producción.

Además, muchas de las reservas de materias minerales están casi agotadas, los filones que se van descubriendo aparecen en concentraciones muy bajas, que sólo pueden ser explotados usando mucha energía; y la falta o el encarecimiento de ésta, hará que se encarezca la producción de oro, plata, cobre, estaño y tantos otros metales, o bien que su explotación ya no sea rentable, por lo que caerá en picado.
Este encarecimiento de la energía hará que la producción agrícola se encarezca, dado que es fuertemente dependiente de un empleo masivo de energía, por lo que la agricultura española perderá competitividad frente a los productos magrebíes o de Europa del Este, haciéndola más dependiente de las subvenciones comunitarias. 

Los sistemas de explotación de energías renovables que se están planteando ni llegarán a tiempo de amortiguar el alza del precio de la energía, ni tienen la capacidad de abastecer toda la demanda actual de energía fósil y de uranio. Peor aún: estos sistemas están centrados en la producción de electricidad, cuando en realidad necesitamos otros vectores energéticos y su aprovechamiento nunca va a ser pleno. Tampoco la energía de fusión, ni las nucleares de 4ª Generación[3] ni mucho menos la estafa del petróleo y el gas de esquisto explotados con el “fracking[4] van a resolver el problema.
 
Llevamos seis años de crisis  y de inactividad, mientras la situación social se agrava y se continúa reduciendo la inversión en investigación, la famosa I+D+I, que sería hipotéticamente la única vía de solución, suponiendo que haya alguna. No hay tiempo para hacer una revolución del sistema productivo a gran escala, ni hay capital, ni mano de obra cualificada que desaparece en la emigración y dentro de poco ya no habrá ni mercado de consumidores.

Es el momento de entender que el régimen dinástico ha fracasado. No ha sido capaz de superar las dificultades que le han salido al paso y ha fallecido por su corrupción, su incompetencia y su insuficiencia para garantizar la vida de la comunidad nacional. Hace falta actuar de forma decidida sobre la cuestión política y social, de forma previa a la cuestión técnica. El intento de prolongar artificialmente la vida del régimen dinástico agonizante, sólo puede causar sufrimiento, pobreza e incluso la fractura nacional. No hay vida dentro del régimen dinástico actual, ni con este rey ni con el que pongan; y en su agonía puede destruir los elementos esenciales que la nación precisa para su reconstrucción. Las medidas neoliberales que se están aplicando no buscan reactivar la economía sino garantizar la devolución de la deuda a los grandes acreedores internacionales, para lo que se está convirtiendo la deuda privada de unos pocos, en deuda pública de todos. Ese proceso de imputación ilegítima de la deuda no acabará espontáneamente, puesto que el nivel de deuda es simplemente inasumible, más de 480.000 millones de euros de rescate encubierto desde el BCE a España, sino que se continuará cargando sobre el Estado hasta que quiebre y aún después, hasta su destrucción y fragmentación en mini-Estados, en una lógica que simplemente ya no tiene sentido en un mundo de recursos menguantes.
 
Mantener el actual estado de cosas obligará a que la población tenga que menguar de la misma manera, por emigración, caída de la natalidad o como parte de la enorme mortandad que, ya sea indirectamente mediante el hambre y las revueltas, o directamente mediante guerras, se producirá a nivel mundial; y tal cosa no ocurrirá sólo en países del Tercer Mundo, sino también entre los burgueses países del Primer Mundo que se consideran a salvo de este tipo de acontecimientos.

La necesidad de actuar en el ámbito político es indudable. Si cambiamos nuestro sistema político y mantenemos el económico, como igualmente nuestros recursos serán menguantes, igualmente el poder económico volvería a apoderarse del  político y las cosas volverían al punto de partida. 

No es cierto que no haya alternativas viables al sistema actual o que la única alternativa se proponga desde la izquierda, en estos días asistimos al espectáculo que brinda la “ejemplar” monarquía comunista de Corea del Norte tan admirada por los comunistas españoles como “logro” actual ilustrativo de los delirios de la izquierda política, sin necesidad de remitirnos a ningún ejemplo histórico de salvajismo en el “gulag”. La alternativa está situada en los sistemas económicos y políticos comunitarios, no colectivistas, basados en el trabajo, la estabilidad, la erradicación de la usura y la sostenibilidad medioambiental. Los fundamentos teóricos de estos sistemas son claros: la Economía es parte de la Ecología, del mundo físico en el que nos movemos, y la una debe hallarse en equilibrio con la otra como expresión también del equilibrio del Hombre.

No podemos permitir que nuestros compatriotas vivan en la miseria, por aferrarnos a un régimen dinástico y un sistema político que nos arrastra hacia el precipicio. Necesitamos un profundo cambio en el modo de concebir nuestra existencia. Necesitamos vivir sin la ansiedad y el miedo de no saber si el año que viene tendremos trabajo o podremos pagar la hipoteca. Necesitamos vivir.




[1] Es la política económica que tiene como objetivo provocar la bajada de los precios de los bienes y servicios en un país para favorecer la exportación. Para lograrlo trata de reducir la demanda mediante la bajada de los salarios. Es decir, se busca ser más competitivo mediante la reducción del coste de la mano de obra. Además de esta reducción de los salarios reales, se reduce el gasto público para restringir el dinero circulante en la economía, forzando así a la baja la capacidad adquisitiva. Además de las dos anteriores medidas, para mantener los márgenes de beneficio presionados por la caída de la demanda, se aplica un programa de reformas estructurales en el ámbito laboral que reduzca los costes laborales de las empresas. En conclusión, ante una pérdida de competitividad, se reacciona para recuperarla descargando el coste sobre las rentas del trabajo.

[2] http://www.energywatchgroup.org/fileadmin/global/pdf/EWG-update2013_long_18_03_2013.pdf

[3] Los reactores nucleares de IV generación (Gen IV) son un conjunto de diseños teóricos de reactores nucleares actualmente bajo investigación. Para la mayor parte de estos diseños no se espera que estén disponibles para su construcción comercial antes del año 2030, con la excepción de una versión del Reactor de Temperatura Muy Alta (en inglés: Very High Temperature Reactor, VHTR) llamada la Planta Nuclear de la Siguiente Generación (en inglés: Next Generation Nuclear Plant, NGNP). La NGNP tiene que ser completada hacia el año 2021. Los actuales reactores en operación alrededor del mundo son generalmente considerados sistemas de segunda o tercera generación, con la mayor parte de los sistemas de primera generación habiendo sido retirados algún tiempo atrás. 

[4] La fracturación hidráulica o fractura hidráulica (comúnmente conocida en inglés como hydraulic fracturing o fracking) es una técnica para posibilitar o aumentar la extracción de gas y petróleo del subsuelo. El procedimiento consiste en la inyección a presión de algún material en el terreno, con el objetivo de ampliar las fracturas existentes en el sustrato rocoso que encierra el gas o el petróleo, y favoreciendo así su salida hacia el exterior. Habitualmente el material inyectado es agua con arena y productos químicos, aunque ocasionalmente se pueden emplear espumas o gases. Se estima que en 2011 esta técnica estaba presente en aproximadamente el 60% de los pozos de extracción en uso. Debido al aumento del precio de los combustibles fósiles, que ha hecho económicamente rentables estos métodos, se está propagando su empleo en los últimos años, especialmente en los EE.UU. Existe una gran alarma sobre el peligro medioambiental derivado de esta técnica, pues además de un enorme consumo de agua, es habitual que junto con la arena se incluyan multitud de compuestos químicos, cuya finalidad es favorecer la fisuración o incluso la disolución de la roca, que contaminan tanto el terreno como los acuíferos subterráneos.


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