domingo, 26 de octubre de 2014

DE ESPARTA A ESPARTACO. De la puñalada por la espalda a la revolución comunista II



   
Fotograma de la película Sin novedad en el frente, basada en la novela de Erich María Remarque


 6. La guerra y la desaparición del espíritu de 1914.

El inicio de la guerra unificó a la sociedad alemana de 1914 en torno a un espíritu de unidad nacional, que parecía haber borrado las muchas diferencias existentes en el seno de una sociedad, que a principios del siglo XX aparecía dividida en múltiples grupos religiosos (católicos, luteranos y judíos); políticos (socialistas, conservadores y liberales). El orgullo nacional como mito movilizador de la nación, desplegó con la ruptura de las hostilidades, todo su potencial como fuerza de cohesión de la comunidad nacional. Además, el sentimiento de estar ante una guerra justa era generalizado. La Triple Entente había declarado la guerra a los imperios centrales, y desde esa perspectiva la intervención alemana en la guerra estaba justificada. Rusia Imperial era vista como una potencia expansionista que buscaba avanzar hacia el Mediterráneo por los Balcanes, y Francia estaba embargada  desde 1870 por un ciego deseo de revancha contra Alemania. En cuanto al Reino Unido, a los alemanes los sorprendió su entrada en guerra, y pensaban que los británicos estaban usando  la cuestión de la neutralidad belga como excusa para entrar en la guerra, pero que el verdadero objetivo era neutralizar el auge de Alemania, y así mantener el control sobre el comercio mundial de los británicos.
El año 1915 trajo la guerra de trincheras y la creencia generalizada en una rápida victoria se desvaneció, y con el comienzo del bloqueo y las grandes batallas de desgaste humano y material, los alemanes comenzaron a sufrir las consecuencias de la que sería una guerra terriblemente costosa. Con el final de la euforia bélica, las divisiones de políticas y religiosas resurgieron nuevamente, y a ellas se sumaron las maquinaciones revolucionarias, en cuya dirección participaban mayoritariamente elementos de procedencia judía, las sospechas de la escasa participación judía en los frentes de batalla y la presencia de comerciantes judíos en el mercado negro que apareció a resultas del bloqueo británico. La tensión que generó en la sociedad alemana este cúmulo de circunstancias, acabó con el espíritu de unidad nacional que había nacido con la guerra, y se comenzó a dudar de las lealtades nacionales de socialistas y judíos. La gran industria y el Estado Mayor comenzaron a trabajar juntos en la organización de la economía de guerra. La inflación financia los gastos públicos. Los precios de los productos alimenticios aumentaron en un cincuenta por ciento en los dos primeros años, mientras que los salarios permanecían congelados y pronto, , se redujeron al mínimo alimenticio o de supervivencia, incluso en el caso de los obreros cualificados. En noviembre de 1.915, estallaron incidentes en Stuttgart y las mujeres se manifestaron contra la carestía de la vida; al mismo tiempo, en Leipzig, la policía reprimió varias tentativas de manifestación contra el precio de la carne.
El 2 de febrero de 1916, se produjeron en Berlín incidentes delante de las tiendas vacías, y el mismo día 3 de Febrero, en el que Wilson rompía las relaciones de EE.UU. con Alemania, se implantaba el racionamiento en el consumo de carbón, y el día 17 siguiente se creó el ministerio de abastos para hacer frente al hambre. La situación social se iba así agravando conforme transcurrían las hostilidades, y el 22 de febrero los socialdemócratas, liberales de izquierda y nacional-liberales exigían en el Reichstag el cambio a un sistema de gobierno parlamentario. En marzo de 1916, se implantaron por primera vez en Alemania las cartillas de racionamiento a causa de los problemas de abastecimiento. El pan se racionó el uno de febrero de 1.915; después se racionó la grasa, la carne, las patatas... hasta convertir los nabos en el ingrediente básico de la dieta diaria, por lo que al invierno de 1915-1916 se le llamó ”invierno de los colinabos”. Una cartilla de racionamiento daba derecho, siempre que hubiera provisiones, a recibir semanalmente 1’5 kilos de pan, 2’5 kilos de patatas, 80 gramos de mantequilla, 250 gramos de carne, y 180 gramos de azúcar y medio huevo. En total la tercera parte de las calorías necesarias para un adulto corriente en una semana[1]. Cuando comenzó el racionamiento, el bloqueo ya había logrado provocar una reducción de un tercio de la cosecha de cereales por falta de abonos, y de dos tercios en el consumo de carne. Cuando llegó la primavera, la situación de la retaguardia alemana era desoladora. La cosecha de patatas había sido en 1.916 de veintitrés millones de toneladas, cuando los últimos años antes de la guerra se alcanzaba una media de cuarenta y seis millones de toneladas. Además, de la producción alcanzada ese año, seis millones de toneladas no llegaron al mercado oficial: el mercado negro prosperaba y la opulencia de los especuladores se dejaba sentir en los barrios obreros y en los soldados de permiso, provocando un profundo descontento que empezó a traducirse en dudas dentro del Zemtrun, partido de centro católico, que empezó a alinearse en el Reichstag con el descontento latente entre los socialdemócratas. El 1 de mayo de 1916 se produjeron violentas manifestaciones contra la guerra en Berlín, en las que resultó detenido el dirigente marxista Karl Liebknecht, que fue condenado a cuatro años de cárcel, lo que provocó una nueva oleada de huelgas revolucionarias, que fueron los primeros disturbios de gravedad desde el inicio de la guerra. El espíritu de 1914 se había desvanecido.
En el frente occidental, entre el 21 de febrero y el 19 de diciembre de 1916, tuvo lugar la ofensiva alemana que dio lugar a la batalla de Verdún. La estrategia alemana era causar más víctimas a sus adversarios de la Entente de las que ellos mismos sufrirían, debilitando así hasta tal punto a los aliados occidentales, que llegaran al colapso. Un objetivo que se había conseguido en Rusia durante los años de 1914 y 1915. Con esta estrategia, el ejército francés tenía que ser arrastrado a una trampa sin salida. El lugar escogido fue Verdún. El ejército alemán contaba con un gran número de armas de fuego pesado, pero el objetivo alemán de infligir bajas desproporcionadas al ejército francés en Verdún nunca se logró. La batalla finalizó sin que se hubiera modificado en ningún sentido la situación de los contendientes. Las pérdidas del ejército francés en Verdún eran altas, pero sólo ligeramente superiores a las pérdidas alemanas. Las bajas francesas militares en Verdún, en 1916, fueron de 371.000 hombres, entre ellos 60.000 muertos, 101.000 desaparecidos y 210.000 heridos. Las pérdidas alemanas en Verdún, fueron de 337.000 hombres. Eso sí, en algo no se equivocó el Estado Mayor alemán: al menos el 70% de las bajas en ambos lados fueron causadas por el fuego de artillería.
 
Apagados los ecos de Verdún a comienzos de 1917, el bloqueo continental británico avanzaba en su objetivo de paralizar la capacidad industrial de Alemania, lo que suponía la condena a muerte por hambre de la población civil, que formaba la mano de obra que sostenía la producción bélica en las fábricas. Al finalizar la masacre de Verdún, el Mariscal Hindenburg, comandante en jefe de las fuerzas alemanas, junto con su lugarteniente general Ludendorf, reclamaron un giro en la estrategia militar alemana, y exigen al gobierno la ruptura del bloqueo que venía sufriendo Alemania y la respuesta al mismo bloqueando a la Gran Bretaña con el arma submarina, hasta provocar el colapso de la industria británica. La guerra submarina era un arma muy peligrosa, pues la necesidad de impedir el comercio británico terminaría por  dirigir a la opinión pública de las naciones neutrales contra Alemania. Esta estrategia hubiera sido eficaz, si Alemania hubiera tenido la capacidad de provocar el hundimiento rápido de la resistencia de la Entente. Sin embargo, El 1 de febrero de 1917 el gobierno del Káiser anunció el inicio de la guerra submarina sin restricciones, aunque en el siguiente mes de abril ya se podía advertir su fracaso. En respuesta al anunció alemán, el 3 de febrero, dos días después, el presidente norteamericano Wilson anunció ante el Congreso la ruptura de relaciones diplomáticas con las potencias centrales, añadiendo que su gobierno había decidido permanecer neutral y que su política seguiría siendo la de buscar pacíficamente el fin de la guerra en Europa. Woodrow Wilson había sido elegido presidente en 1916, con un programa en el que se excluía toda posibilidad de conducir a los EE.UU. al conflicto. Pero la guerra submarina sin restricciones aumentó la tensión entre Alemania y los Estados Unidos, que ya había armado a sus mercantes para enfrentarse a los submarinos alemanes. De esta manera, celebradas las elecciones presidenciales, la entrada en la guerra era cuestión de tiempo, por lo que finalmente el 2 de abril de 1917, Wilson solicitó al Congreso que aprobase el estado de guerra contra Alemania, lo que esta Cámara hizo cuatro días después, tal y como se esperaba. La declaración de guerra a las potencias centrales, tomó como pretexto varios incidentes navales, como el ocurrido con el vapor Vigilentia hundido por un sumergible alemán el 19 de marzo o el muy similar del buque Lusitania, un crucero transoceánico que llevaba pasajeros americanos. Este último caso fue el de mayor repercusión social. El 7 de mayo de 1915, ¡casi dos años antes de la declaración de guerra!, este buque había sido enviado intencionadamente a aguas controladas por los alemanes por los EE.UU. en busca de un casus belli. La embajada imperial alemana había pagado la inserción de una nota de advertencia en casi cincuenta periódicos de la Costa Este, incluyendo a los de Nueva York, para evitar que el pasaje del buque desconociera el riesgo que asumía al embarcarse en transporte de guerra como era el Lusitania. Este anuncio de advertencia sólo apareció en el Des Moines Register, el resto de los diarios publicó  la nota de advertencia con retraso, bajo presión del Departamento de Estado[2], por lo que la nota de la embajada alemana no llegó al público. Como era de esperar los alemanes torpedearon el barco, que había hecho transitar por una zona en la que se encontraba desplegado un submarino alemán que había atacado previamente a otros buques. Además, el crucero inglés de escolta, el Juno, recibió la orden de regresar al puerto de Queenstown. El barco fue atacado y hundido y las unidades inglesas que acudieron en socorro de la nave recibieron orden del Almirantazgo británico de detenerse cuando se dirigían al lugar del siniestro[3]. Los registros alemanes indican que hubo una gigantesca explosión secundaria después de que el barco fuera alcanzado por los torpedos alemanes. De los 1.959 pasajeros que estaban a bordo murieron 1.198. Esta táctica, precursora en la búsqueda de resultados victimistas de los ataques de “bandera falsa” posteriores, fue todo un éxito, pues logró la necesaria repercusión en la opinión pública norteamericana para conducirla a la guerra “contra los hunos”[4] Pero la entrada en la guerra de los EE.UU., había sido decidida mucho antes de que se produjera de forma efectiva. De hecho, el Secretario del Departamento de Estado William Jennings Bryan, escribió en sus memorias que los bancos estaban interesados en crear una guerra mundial, porque esto les proporcionaba una excelente oportunidad de obtener grandes beneficios. 

7. La división de Los socialistas alemanes y la reacción de Lenin y los bolcheviques. 

A las pocas semanas de comenzar la guerra, se inició el control de los medios de comunicación dependientes del partido socialista por las autoridades militares y el aparato del partido, que sumaron sus esfuerzos para lograr dirigir la propaganda en favor del esfuerzo de guerra. Las autoridades militares prohibieron el veintiuno de septiembre la asamblea de militantes de Stuttgart, el cuatro de noviembre la de München-Gladbach, la de Leipzig el veinticuatro y la de Altona el veintinueve. En otras localidades son los propios secretarios que dirigen las agrupaciones locales los que rehúsan convocar a la militancia. Como excepción, Hamburgo celebra una asamblea general, pero esta ha sido convocada por los radicales del partido dejando a un lado a los dirigentes locales.

Los periódicos radicales son cerrados uno tras otro. El Rheinischen Zeitung es suspendido por dos días el once de septiembre, el Volksblatt de Bochum fue prohibido el día veinte, el Echo von Rheinfall y el Dantziger Zeitung el veinticinco. El Vorwärts, el más importante de todos ellos y en el que algunos redactores han expresado su desacuerdo con la política impuesta por la dirección del partido  es suspendido por tres días el veintiuno de septiembre, y por una duración indeterminada el veintiocho. Sólo se autorizará su reaparición por las autoridades militares el primero de octubre, después una gestión de Haase y de Richard Fischer, que asumen la responsabilidad de lo que se publique en el futuro en nombre del partido, comprometiéndose a que el periódico no hablará en lo sucesivo de lucha de clases. Llegado noviembre, el gobierno regional wurtemburgués elimina de la redacción del Schwäbische Tageblatt a los elementos más radicales y contrarios a la política favorable a la guerra y  repone en la dirección al revisionista Keil. Los radicales ven así imposibilitada la posibilidad de comunicar  sus ideas a los militantes del partido, y tampoco pueden dirigirse a la sociedad desde los medios de comunicación del partido socialista. Rápidamente se hace evidente que el gobierno y la dirección socialista van a emplear todos los medios a su alcance para neutralizar cualquier influencia que puedan ejercer los radicales.

Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo
A principios de agosto de 1914 Liebknecht creía todavía en las posibilidades de rectificación del partido, mediante la discusión política interna por lo que sugiere al ejecutivo la organización de un mitin contra la guerra. Quería que este acto fuera el punto de partida de una nueva dirección política para el partido que rectificara el error que él consideraba que había cometido el partido el cuatro de agosto. La dirección del partido rehusó su propuesta. A finales de agosto, se trasladó a Bélgica en donde participó en la difusión de la propaganda de supuestos crímenes alemanes sobre niños belgas, se llegó a decir que eran crucificados, un invento de la propaganda aliada que tras la guerra se demostraría completamente falso. El 21 de septiembre, se trasladó a Stuttgart para celebrar un acto público que las autoridades militares prohibieron, pero se produjo una larga discusión con los dirigentes socialistas locales, que le reprocharon haber votado a favor de los créditos de guerra, y reconociendo su error hizo públicos los debates que habían tenido lugar en la ejecutiva y el grupo parlamentario del Reichstag, dando a conocer la existencia de la oposición interna al voto de los créditos. La revelación de las deliberaciones previas a la votación de los créditos de guerra incomoda a la ejecutiva del partido que lo reprende públicamente. El diez de octubre, Liebknecht responde a la cúpula respondiendo que la propia estructura democrática del partido permite a todos sus miembros tomar posiciones, incluso contra las más altas autoridades del partido. En Noviembre de 1914, Liebknecht, Luxemburgo, Franz Mehring y Clara Zetkin publicaron en un diario suizo un manifiesto en contra de la guerra y del posicionamiento de la dirección del partido socialdemócrata alemán.
En diciembre de 1.914 surgen los primeros conatos de organización socialista disidente contraria a la guerra. Paul Schwenk, redactor del Vorwärts, el obrero encuadernador Otto Gäbel, secretario en la organización de Niederbarnim, y la líder de las mujeres socialistas de Berlín, Martha Arendsee, publican los primeros textos propagandísticos con las tesis contrarias a la política de unión sagrada en un círculo restringido de militantes socialistas. Estas primeras actuaciones se realizan a pesar de la prohibición de toda manifestación y reunión públicas de los adversarios de la guerra. Liebknecht había llegado al convencimiento de que la facción radical debía expresar su posición contraria a la guerra públicamente, y esto significaba romper con la disciplina de partido. Liebknecht se decide a dar el paso decisivo y separarse de la dirección del SPD votando contra los créditos militares, lo que supone votar contra la decisión del partido. Durante la noche del uno al dos de diciembre se reúne en el apartamento de Ledebour con los demás diputados oponentes, a los que tras una ardua discusión no consigue arrastrar a su posición.  El tres de diciembre, Liebknecht vota en solitario en el Reichstag contra los créditos de guerra rompiendo la disciplina de voto del grupo socialista, convirtiéndose en el símbolo de la oposición al Gobierno. Nuevamente volvió a votar en contra de los créditos en otra ocasión más, el veinte de Marzo de 1915. La dirección del partido reaccionó extendiendo el estado de excepción al seno del mismo partido en la persona de Liebknecht, que fue detenido por instigación del SPD y expulsado del partido, y condenado en julio de 1916 a cuatro años de prisión, corriendo su misma suerte Rosa Luxemburgo, quién tras ser liberada temporalmente, acabó siendo encarcelada hasta el fin de la guerra por idénticos motivos. Tras la purga de la facción radical la ruptura del movimiento socialista será irreversible, y unos años más tarde dará lugar a la creación de la Liga Espartaquista y más tarde del Partido Comunista Alemán (KPD).
Lenin y los dirigentes bolcheviques exiliados son los primeros en extraer conclusiones y adoptar una posición clara sobre el apoyo del SPD a la guerra. El veinticuatro de agosto Lenin redacta el borrador de su obra ”Las tareas de la socialdemocracia revolucionaria”, en la que ya anuncia las líneas maestras de lo que será la línea bolchevique en los siguientes años. Para él la guerra tiene una naturaleza ”burguesa, dinástica, imperialista”, y la posición de los dirigentes de la socialdemocracia alemana es una ”traición pura y simple al socialismo” porque han abandonado la posición de clase del proletariado frente a la guerra imperialista: 
“Los partidos obreros (...) no se han opuesto a la actitud criminal de los gobiernos, sino que han llamado a la clase obrera a alinear su posición sobre la de los gobiernos imperialistas. Los líderes de la Internacional han traicionado al socialismo votando los créditos de guerra. Tomando las consignas chauvinistas de la burguesía de ‘sus países’, justificando y defendiendo la guerra, entrando en los ministerios burgueses de los países beligerante, etc... Si el socialismo se encuentra así deshonrado, la responsabilidad incumbe ante todo a los socialdemócratas alemanes, que eran el partido más fuerte e influyente de la II Internacional”[5] 
Lenin está convencido de que el hecho de que los principales partidos de la Internacional hayan asumido posiciones nacionales, que él atribuye a “la burguesía imperialista” significa el fracaso ideológico y político de la Internacional. Afirma que las corrientes de la Internacional que se habían manifestado antes de la guerra de modo favorable a la colaboración entre clases, el pacifismo, el mantenimiento de la actividad política dentro de la legalidad y el parlamentarismo, son la causa última de la adopción de una actitud favorable al interés nacional frente a la guerra, él la llamó chauvinista, y que este giro político es el resultado de la presión las de capas privilegiadas del proletariado y de los aparatos de los partidos y sindicatos formado por profesionales de la política. Y como resultado de la guerra europea surge una nueva etapa en la tarea histórica del proletariado en su lucha por el poder y el socialismo, que pasa necesariamente a través de la guerra civil: 
“La transformación de la guerra imperialista actual en guerra civil es la única consigna justa, mostrada por la experiencia de la Comuna de París, indicada por la resolución de Bâle en 1.912 y derivada de las condiciones de la guerra imperialista entre países burgueses altamente desarrollados”[6]

Rádek
En septiembre de 1.914, el Comité Central de los Bolcheviques rusos declara el fracaso de la II Internacional y anuncia la creación de una nueva Internacional, la III: “La unidad de la lucha proletaria por la revolución socialista exige, ahora, después de 1.914, que los partidos obreros se separen absolutamente de los partidos oportunistas”[7]. Pero la realidad es que carecen de la fuerza e influencia necesarias para llevar a la realidad una nueva organización de carácter internacional en la que se organicen y coordinen los distintos movimientos radicales partidarios de anteponer el internacionalismo a los intereses de sus respectivas naciones, consumando la escisión del movimiento socialista con la construcción de un partido y una Internacional revolucionarios. Esta incapacidad para organizar el movimiento revolucionario no es escapa a Lenin que en Julio de 1915 escribe una carta  al holandés Wijhkoop, en la que admite que no ha llegado el momento más para una escisión en el seno de la socialdemocracia alemana, que sigue siendo el movimiento más fuerte, por lo que insiste en que es necesario luchar para obtener en el resto de los países para conseguir una ruptura total con los sectores moderados. Alrededor de Lenin y su grupo de bolcheviques se comienza a organizar una selección de agitadores internacionales que forman el embrión de los futuros partidos comunistas. Están en él los holandeses del diario De Tribune, con su líder Pannekoek, los militantes alemanes de Bremen que colaboran en el Bremer-Bürgerzeitung y están en relación con el dirigente judío Rádek[8], los berlineses agrupados alrededor de Julián Borchardt, que edita el Lichtstrahlen que están igualmente conectados con Rádek y los activistas de Bremen.




[1] Sayous, André. ”El agotamiento económico de Alemania entre 1914-1918”. Revue historique, París. Enero-Marzo 1940, págs. 66-75. 
[2] Este extremo quedó fuera de toda duda en 1965, cuando el Departamento de Estado americano desclasificó sus archivos y se hizo público que el naufragio del Lusitania fue deliberadamente provocado por el gobierno de los EE.UU. para justificar la intervención americana. 
[3]Revista "Storia Illustrata", nº 182, Roma. Enero de 1973, pág. 30. 
[4] De este modo se denominaba a los alemanes en la propaganda de guerra americana. 
[5] V.I. Lenin Obras Completas, tomo XXI. Editorial Progreso, Moscú, 1975, pp. 23-24. 
[6] V.I. Lenin Obras Completas, tomo XXI. Editorial Progreso, Moscú, 1975, pág. 28. 
[7] V.I. Lenin Obras Completas, tomo XXI. Editorial Progreso, Moscú, 1975, pág. 108.
[8] Karl Berngárdovich Rádek nació en una familia judía de Lviv, Ucrania, entonces se llamada Lemberg y formaba parte del Imperio austrohúngaro, el 31 de octubre de 1885. fue un bolchevique y líder comunista internacional. Su nombre original era Karol Sobelsohn, pero tomó el nombre de "Rádek" de un personaje con que simpatizaba, del libro Syzyfowe prace de Stefan Żeromski. Ingresó al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia en 1898, y participó en la Revolución de 1905 en Varsovia. Durante la I Guerra Mundial fue un activista contra la guerra en Suiza integrado en el grupo dirigido por Lenin. Más tarde se unió al Partido Comunista después de la Revolución de Octubre. Entre 1918 y 1920 estuvo en Alemania colaborando en la organización del movimiento comunista. En 1920 regresó a Rusia para trabajar en la III Internacional, la comunista, pero su enfrentamiento con Stalin lo llevó a salir del Comité Central del Partido y finalmente a ser expulsado de éste en 1927. Rádek era partidario de acelerar el ritmo de la colectivización de la economía y de la industrialización, por lo que al virar Stalin a partir de 1929 en esa dirección, encabezó a los opositores que trataron de reconciliarse con el gobierno estalinista y ser readmitido en el Partido en 1930, pero posteriormente fue acusado de alta traición y víctima de las purgas de 1937 "confesó" sus crímenes durante el Juicio de los Diecisiete o Segundo Juicio de Moscú celebrado ese año. Murió el 19 de mayo de 1939 en una riña con otro prisionero en un campo de concentración comunista a manos de un agente del NKVD, más tarde KGB, llamado Stepánov. Fue rehabilitado por el PCUS en 1988.

domingo, 12 de octubre de 2014

LA AUSTERIDAD EN LA ECONOMÍA ESPAÑOLA: UNA ESPIRAL DE DOLOR Y SUFRIMIENTO


Existen fundamentalmente cuatro formas de salir de una crisis financiera: la vía de la inflación, la de la deflación, la devaluación o el impago. Cada una de estas opciones tiene sus beneficios y sus inconvenientes, sus beneficiados y sus perjudicados, que tratarán de influir sobre el poder empujando a éste a inclinarse por una u otra de ellas. Finalmente, uno u otro de los grupos en pugna prevalecerá sobre los restantes, y hará valer sus intereses por encima de los de los demás interesados. En esta dinámica puede ocurrir que prevalezca el interés de los más o el de los menos, pues en contra de lo que pudiéramos pensar en una democracia el número no es el determinante del poder, sino que éste reside en el dinero que suele estar en manos de unos pocos. Prueba de ello es lo ocurrido en la actual crisis. Veamos.  

Al igual que sucedía en el patrón oro, en el sistema de moneda única de la zona euro los Estados no pueden ni devaluar la moneda ni acudir a la inflación en sus economías, porque lo que pretende el sistema es, precisamente, evitar ambas opciones. Esto determina que las únicas herramientas disponibles para superar la crisis sean las de la morosidad o el impago, que se quiere evitar bajo cualquier circunstancia, o la deflación, la caída de precios y salarios, que finalmente resulta la elegida. El Euro exige la asunción de medidas que provoquen la deflación, ya que ésta es la salida de la crisis que favorece a los acreedores, los bancos, los menos y a los propietarios del capital; frente a los deudores, las pequeñas empresas y personas físicas, los más, que no son dueños del capital. Y aunque en el sistema euro no existe nada parecido a la convertibilidad en oro de las monedas, como ocurría en el sistema del patrón oro, lo cierto es que la credibilidad del sistema de moneda única europea en orden al pago de la deuda pública, desempeña la misma función que desempeñó el patrón oro, al constituirse en una limitación externa para la adopción de medidas conducentes a la salida de la crisis. Los Estados que formaban parte del patrón oro conservaban su soberanía, y en su ejercicio siempre podían abandonar el sistema dejando que el tipo de cambio de la moneda flotara libremente. Sin embargo, la adhesión al pacto de la moneda única determinó que los Estados miembros del sistema se despojaran de su soberanía para entregarla al poder de la Comisión Europea y del banco Central Europeo, ambas entidades ajenas a cualquier clase de control por los Estados y los ciudadanos, destruyendo con ello toda posibilidad de retroceder y volver a sus monedas nacionales o de recuperar las armas de la inflación o la devaluación.

Puestas así las cosas, el remedio elegido por los poderosos para superar la crisis financiera es la deflación, pues ésta permite conservar el valor de las deudas y aumentar el poder adquisitivo del dinero mediante la caída de los precios, lo que permite a los tenedores de dinero adquirir bienes, en ocasiones por debajo de su precio real. Los medios utilizados para provocar esta deflación, han sido las llamadas "reformas estructurales" consistentes en:

1º Un aumento impositivo casi confiscatorio en los impuestos indirectos que gravan el consumo sin discriminar en razón del nivel de renta;
2º La reducción salarial y la precariedad laboral extrema, lograda a través de la temporalidad de los contratos y el trabajo a tiempo parcial, casi un 22% de los contratos en España son a tiempo parcial o media jornada. 

La disminución del salario entre los asalariados ha provocado el derrumbe de la demanda interna, y ha provocado dificultades a los asalariados para la devolución de los créditos adquiridos en plena “burbuja inmobiliaria”. Esta minoración de la demanda interna y del consumo, ha conducido a la destrucción de más de 1.300 millones de horas de trabajo desde el año 2008 según el Instituto Nacional de Estadística. Esta destrucción de horas de trabajo ha dejado a la Seguridad Social con un déficit crónico que supera el 1% anual, poniendo en peligro la viabilidad Sistema Nacional de Salud y su funcionamiento. Las cotizaciones a la caja de las pensiones también se reducen por la demografía regresiva y suicida y la emigración de jóvenes en edad fértil que parten allende nuestras fronteras abocando a España al envejecimiento y la extinción. Este déficit permanente en las cotizaciones de los trabajadores empleados, ha hecho que el Gobierno vacíe la conocida “hucha de las pensiones”, el fondo de reserva de la Seguridad Social que tiene invertido el 97% de su dinero en deuda soberana española, cuando en el año 2008 era sólo del 57%, incumpliendo los elementales principios de un buen administrador como son los de diversificación del riesgo y calidad crediticia. En resumen, menos trabajo, más precario, menos pensiones, más pobreza y más miedo.


Como resultado de lo anterior, los ingresos del Estado han caído debido al descenso de la recaudación por impuestos sobre el consumo y la renta de las personas físicas, obligando al Estado a pedir prestado incrementando la deuda pública, cuyo alza no se debe al mantenimiento del gasto social para paliar los efectos de la crisis o a la realización de obras públicas en una política económica de inversiones anticíclica, sino que casi la mitad se debe al esfuerzo público realizado para asumir las pérdidas del sistema bancario en sus inversiones (concesión temeraria de créditos, inversiones de carreteras de peaje con respaldo público, sector energético, etc.). De esta manera, la deuda soberana ha experimentado la tasa de crecimiento más alta de nuestra historia reciente, si atendemos a los datos publicados por el Banco de España, el montante de deuda de las administraciones públicas supera los 1,3 billones de euros, lo que supondría un incremento de más de 520.000 millones de euros, en solo dos años y tres meses, el último dato disponible corresponde a final del primer trimestre de 2014. Esta deuda pública se ha financiado por el sector bancario, que a su vez se ha financiado con esa misma deuda. Un sector, que tras los inminentes test de stress y el cumplimiento de la normativa de Basilea III sobre el aumento del coeficiente de caja, deberá provisionar más capital teniendo que volver a restringir el crédito reduciendo aún más el consumo privado, derivando el cada vez más escaso crédito disponible a la deuda pública. Si se produce una nueva crisis de deuda soberana ante el continuado descenso de los ingresos y el constante aumento de la deuda y de sus intereses, tendremos una crisis bancaria de consecuencias pavorosas. Con este panorama, puede afirmarse sin temor a equivocarse que la política de “austeridad” ha fracasado. 

Los Estados de la zona euro pueden extraer dos lecciones clave de la era del patrón oro y de los intentos de los políticos de la época, primero por volver al patrón oro y luego por permanecer en él antes de que estallara: las medidas neoliberales de "austeridad" son contrarias a los intereses de cada nación y de la mayoría de los ciudadanos; la aplicación de las medidas neoliberales aumentan la desigualdad, fomentan la pobreza y extienden el sufrimiento entre los muchos en beneficio de los pocos; y, por último, las medidas neoliberales son incompatibles con la soberanía nacional de los Estados y la libertad de los pueblos de Europa.

miércoles, 27 de agosto de 2014

DE ESPARTA A ESPARTACO. De la puñalada por la espalda a la revolución comunista.



Freikorps en Berlín durante el golpe de estado de Kapp

 Elegía
“Porque es hermoso que un valiente muera,
caído en las primeras filas, luchando por su Patria.
Es, en cambio, la cosa más dolorosa de todas
vivir como un mendigo, abandonando la Patria y sus fértiles campos,
errante con la madre querida y el padre anciano
y los hijos aún niños y la esposa legítima.

Éste será objeto de odio para aquéllos a cuyo país llegue
cediendo a la necesidad y a la horrible pobreza;
deshonra su linaje, desmiente su noble rostro
y toda infamia y toda vileza va con él.

Por lo tanto, si no hay para un vagabundo ninguna ayuda
ni tampoco respeto, consideración ni compasión,
luchemos valientemente por nuestra tierra
y muramos por nuestros hijos sin ahorrar nuestras vidas.

Así pues, oh jóvenes, luchad unidos
y no déis la señal de la huida vergonzosa ni del miedo;
haced grande y fuerte en el pecho vuestro corazón
y no tengáis amor por vuestras vidas cuando lucháis con el enemigo;
ni huyáis abandonando caídos a los de más edad,
cuyas rodillas ya no son ágiles, a los viejos;
pues es vergonzoso que, caído en las primeras filas,
yazca en el suelo delante de los jóvenes un hombre de más edad,
de cabeza ya blanca y barba cana, exhalando en el polvo su alma valerosa,
con las ensangrentadas vergüenzas cogidas en las manos
-visión abominable, cosa impía de ver- y desnudo;
en un joven, en cambio, todo es decoroso
mientras posee la brillante flor de la amable juventud:
su vista produce admiración a los hombres y amor a las mujeres;
caído en las primeras filas, es un héroe.

Ea pues, que cada uno de vosotros permanezca en su puesto
con las piernas bien abiertas, firmemente apoyado en el suelo con los dos pies,
mordiendo el labio con los dientes.”

TIRTEO de Esparta, (siglo VII a.C.)



El estallido de la guerra en 1914 dividió radicalmente a los europeos en muchos más sentidos de los que a primera vista nos pudiera parecer,  mucho más allá de la aparición de dos alianzas de naciones enfrentadas entre sí. La guerra destruyó imperios, derribó tronos, alzó al ateísmo frente a la religiosidad europea y arrasó su cultura y su alma. La guerra dividió a los europeos no sólo en bandos combatientes, sino en dos conceptos de la existencia irreconciliables: por un lado, los herederos espirituales de la antigua civilización  y cultura europeas; por el otro, los nuevos adalides de las fuerzas extraeuropeas y antieuropeas. Una división que cruzó cada nación no reconociendo más fronteras que las del alma, pues la guerra, al quebrar la unidad espiritual de Occidente rompió también la unidad de cada pueblo, que durante los últimos dos mil años había servido como base para rechazar los asaltos de los extraños a Europa. Sólo así fue posible que por primera vez hoyaran suelo europeo las fuerzas militares de los EE.UU., y que se alzara de su tumba el espectro del comunismo, ese fantasma que recorría Europa desde 1848 según decían Marx y Engels, que terminó por torcer los pasos vacilantes del socialismo ético. La Gran Guerra, terminó enfrentando el espíritu de la noble y temible Esparta, al del vengativo tiranicida de Espartaco.

Y cuando este conflicto espiritual se tornó militar, y al choque de espíritus le sucedió el choque de material y ejércitos, se pusieron de manifiesto las diferencias dentro del movimiento socialista, que finalmente concluyeron con la división y enfrentamiento entre las distintas tendencias del socialismo agrupado en la II Internacional. Cuando llegó el final de los combates, la facción revolucionaria del movimiento socialista se encontró ante lo que creía que era el momento idóneo para llevar a cabo su revolución, siguiendo el ejemplo de la Rusia soviética. De esta manera, Hungría, Baviera, Alemania o Italia, entre otros, experimentaron sendos asaltos revolucionarios que finalmente fracasarían. Finalmente, el socialismo terminó dividido en tres tendencias, que dieron lugar cada una de ellas a la fundación de los partidos socialistas o socialdemócratas burgueses, de los comunistas colectivistas e internacionalistas y de los socialistas identitarios comunitaristas o fascistas.

En el caso de Alemania, el final de la guerra y la proclamación de la república, vino marcado por dos elementos relacionados entre sí que entrecruzan su origen y su accionar: por un lado, los movimientos revolucionarios comunistas; por el otro, la evidente participación de numerosos judíos en estos acontecimientos. 

1.  La división de la II Internacional en los años anteriores a la guerra mundial. 

En 1889, trece años después de la liquidación de la Primera Internacional (1876), los socialistas de la época habían creado una segunda organización internacional, denominada Internacional obrera Socialista, que era presidida por Emile Vandervelde, líder del Partido Obrero belga, el partido socialista de la época, siendo su secretario Camille Huysmans, otro conocido socialista belga. Durante los veinte años anteriores al comienzo de la Gran Guerra, tras la expulsión de los anarquistas en 1893, tuvo lugar dentro de la II Internacional, un encarnizado debate entre los partidarios de la revolución y los reformistas. Los reformistas eran partidarios de llegar a un entendimiento con el poder e integrarse en los regímenes liberales, realizando una labor progresiva de corrección del capitalismo, que los aproximara a un sistema socialista. Mantenían una posición de principios izquierdistas, pero llegaban a decisiones prácticas negociadas con las fuerzas liberales. En el congreso de la Internacional celebrado en París en el año 1900, el voto de la mayoría se inclinó por rechazar la participación en el gobierno; pero, en la resolución final, se dejaba abierta la posibilidad de la participación en el gobierno en circunstancias extremas. Parecía así dejarse resuelta la cuestión más fundamental para el movimiento socialista: integrarse o no en el sistema capitalista. Debemos señalar, que en este momento aún no eran mayoría los seguidores del socialismo marxista en el seno de la Internacional. Pero los socialistas estaban divididos respecto de  la participación de los socialistas en el gobierno y la alianza con los grupos burgueses.

Conferencia de la II Internacional en 1913


En la conferencia de la Internacional celebrada en Ámsterdam en 1904, esta situación dio lugar a un debate entre el francés Jaures y el alemán Bebel, que tuvo un gran impacto entre los asistentes, al reflejar dos posiciones opuestas, la pactista del francés y la revolucionaria del alemán. Sin embargo, en la práctica política diaria, el parlamentarismo había ganado terreno. Ya entre 1909 y 1910, el asunto fue discutido por los socialistas belgas, que estaban dispuestos a formar gobierno junto con los liberales, lo que finalmente no ocurrió a la vista de los resultados electorales. En todo caso, permanecía la división de los socialistas en torno a la posibilidad de pactar con los gobiernos parlamentarios liberales.

También estaban divididos, por la cuestión de la conveniencia y necesidad de utilizar como arma la huelga general política. Era opinión de muchos radicales, que la mayoría absoluta en el parlamento no sería suficiente para forzar un cambio de sistema político, por lo que entendían que era necesario recurrir a la acción violenta extraparlamentaria de la clase obrera, en forma de huelga general. En Alemania, el congreso del partido en 1906 desestimó esta posibilidad, a su empleo se opuso vehementemente Karl Legien, secretario general del sindicato.

Otra cuestión que abundaba en la falta de unidad de los socialistas, era la cuestión colonial. La Internacional se asentaba en los principios fundamentales de igualdad de derechos de todos los pueblos y razas, su igual derecho a la dignidad, la justicia, la libertad y a la independencia Nacional, así como en el principio de solidaridad entre los oprimidos de todas las naciones y razas. En el Congreso de Londres de 1896, la Internacional había formulado el principio de "plena autodeterminación para todas las naciones", considerando al colonialismo como una "manifestación del capitalismo". Pero cuando esta cuestión se enfocaba desde la perspectiva nacional e cada partido, el enfoque cambiaba. Los socialistas británicos defendían la colonización con el argumento de que ningún pueblo podía mantener la exclusiva en la explotación de los recursos a expensas de otros pueblos; la tierra, como bien común de toda la humanidad obliga a  todas las naciones a compartir sus recursos naturales, prevaleciendo este derecho sobre los intereses de la población local. En Alemania, los socialistas reformistas abundaban en la misma dirección y apoyaban las pretensiones alemanas de proceder a un nuevo reparto colonial.

En el Congreso de París de 1900, ya se apuntaba a la redistribución de las colonias y de los recursos como causa de una futura guerra imperialista. Pero la conferencia más importante fue la celebrada en Stuttgart en 1907, los franceses propusieron la huelga de masas e incluso la insurrección en caso de guerra; pero para los alemanes esto era inaceptable, dado que ello les conduciría directamente a la ilegalización. Presentaron en su lugar un nuevo texto que nada concretaba. Lenin[1], a través de su emisaria la judía Rosa Luxemburgo[2], proponía utilizar la crisis económica y política provocada por la guerra para “acelerar la caída de la hegemonía capitalista”, haciendo depender cada actuación concreta de la situación política de cada país.

En 1910, el Congreso de Copenhague, decidió que los parlamentarios socialistas votarían en contra de todos los créditos de guerra, y en el congreso extraordinario celebrado en Basilea en 1913, se adoptó una resolución por unanimidad contra la amenaza de una guerra. El 29 de julio 1914 se celebró en Bruselas la última sesión del secretariado de la Internacional. Austria ya había declarado la guerra y en París y Berlín, se habían organizado manifestaciones a favor de la guerra. Los delegados rusos y británicos dijeron que iban a resistir y propusieron una huelga general, pero no había nadie a favor. Los alemanes dijeron que iban a cumplir con su deber. Los franceses aseguraron la voluntad de paz del gobierno francés. La última conferencia de la Internacional antes de la guerra, se celebró en Basilea el 24 y 25 de noviembre de 1912, y nuevamente se realizaron declaraciones descalificando la posibilidad de una guerra, sin que se acordara una línea de actuación conjunta.

El 1º de agosto, Alemania y Francia se movilizaron. Para los socialistas alemanes, la acción revolucionaria contra el gobierno del Káiser ni se consideró, y el 4 de agosto votaron los presupuestos de guerra. Los socialistas franceses invocaron las decisiones de los socialistas alemanes para colocarse a su vez junto al gobierno. Sólo los bolcheviques rusos, los socialdemócratas húngaros, búlgaros e italianos y el Partido Socialista de los Estados Unidos, se aferraron a las resoluciones contra la guerra dictadas por la Internacional, convocando una conferencia por separado en la ciudad suiza de Zimmerwald sin valor político alguno. La Internacional había muerto a manos de la Nación. 

2.  El origen del enemigo interior: el “derrotismo revolucionario”. La creación de la III Internacional. 

Lenin condenó severamente el colapso ideológico de la socialdemocracia alemana e internacional:

"La actitud de los dirigentes del Partido Socialdemócrata alemán -el partido más fuerte y más influyente de la segunda Internacional (1889-1914)- que votaron el presupuesto de guerra y que recogen la fraseología chovinista y burguesa de los Junkers prusianos y la burguesía, es una traición pura y simple al socialismo. Esta actitud no se puede justificar de ninguna manera, aun suponiendo que el Partido Socialdemócrata alemán sea extremadamente débil y esté forzado temporalmente a plegarse a la voluntad de la mayoría burguesa de la nación. De hecho, en la situación actual, el partido se ha involucrado en una política nacional-liberal.
La actitud de los líderes de los partidos socialdemócratas belgas y franceses que han traicionado al socialismo al entrar los gobiernos burgueses, merece ser condenado de la misma manera.
La traición al socialismo por la mayoría de los líderes de la 2º Internacional (1889-1914) significa la bancarrota ideológica y política de esta última."[3]
 

Oleo Homenaje a Lenin. Willi Sitte. 1969
Tras concluir que resultaba imposible reconstruir la Internacional tal y como la habían conocido, predica que:

“La transformación de la actual guerra imperialista en guerra civil es la única consigna proletaria justa, indicada por la experiencia de la Comuna, señalada por la resolución de Basilea (1912) y derivada de todas las condiciones de la guerra imperialista entre los países burgueses altamente desarrollados. Por muy grandes que parezcan las dificultades de semejante transformación en uno u otro momento los socialistas jamás renunciarán a efectuar un trabajo preparatorio sistemático, perseverante y continuo en esta dirección, ya que la guerra es un hecho.”[4] 

Con este fin, Lenin continuó diciendo en su carta a Chliapnikov que:

"No un sabotaje a la guerra, no a intervenciones aisladas individuales en este espíritu, sino una propaganda de masas (y no sólo entre los "civiles"), que conduzca a la transformación de la guerra en una guerra civil"[5]; “[...] Sería un error motivar actos individuales: disparar a los funcionarios, etc., así como admitir argumentos del tipo: no queremos ayudar al Káiser. La primera es una desviación hacia el anarquismo; la segunda hacia el oportunismo. En cuanto a nosotros, tenemos que prepararnos para la acción de masas (o al menos colectiva) en el ejército, no sólo de una nación, y llevar a cabo todo el trabajo de propaganda y agitación en esta dirección. Orientar el trabajo (obstinada y sistemáticamente, durante un largo periodo tal vez) en el sentido de una transformación de la guerra entre naciones en guerra civil, esa es la clave. En cuanto a cuándo se producirá este cambio, es otra cuestión, imprecisa por ahora. Tenemos que dejar que madure ese tiempo y ‘obligarlo a madurar’ sistemáticamente"[6].

Este planteamiento coincidía con el de Karl Liebknecht[7], que pretendía la transformación de la guerra internacional en guerra civil: “¡El enemigo principal está en el mismo país!". Por esta razón, la derrota nacional se aparecía a los revolucionarios como una sugerente posibilidad de llevar a cabo el asalto al poder, lo que llevó a Lenin a forjar la tesis del “derrotismo revolucionario”, que expresaba diciendo: “cuando dos ladrones se pelean, que mueran los dos”[8]. Así nació una política inicialmente circunscrita a Rusia, pero que más tarde generalizaría para todos los países contendientes en su artículo “Del derrotismo en la guerra imperialista”, al afirmar que: “en todos los países imperialistas, el proletariado debe desear la derrota de su propio gobierno y contribuir a ello”. De esta manera, puede considerarse que la totalidad de los socialistas revolucionarios, se convirtieron en agentes de la traición a sus respectivas naciones, en cada uno de los países contendientes, sin distinción de ningún tipo salvo las circunstanciales de lugar, posibilidad u otras.

A partir de este planteamiento de transformación de la guerra entre naciones en guerra civil, Lenin participó en  los años posteriores en la formación de un movimiento socialista revolucionario e internacionalista, más tarde llamado comunista, tanto en su propio país como a nivel internacional. Durante la guerra se celebraron dos nuevas conferencias con los restos de la dividida Internacional. La primera tuvo lugar en septiembre de 1915  en la ciudad de Zimmerwald en Suiza. Representando a Rusia estaban las dos tendencias del Partido Social Demócrata: la de los bolcheviques revolucionarios de Lenin y Zinoviev; y la de los mencheviques, Mártov y Axelrod. En esta conferencia, Lenin se confirmó como portavoz y líder de la izquierda revolucionaria en Europa. Pero esto no evitó que sus propuestas no obtuvieran el respaldo de la conferencia y sí lo encontrara el llamado "Manifiesto de Zimmerwald”, escrito por Trotsky, que no incluía la necesidad de transformar la guerra imperialista en guerra civil, ni el "trabajo por derrotar a su propio gobierno" y la ruptura total con los dirigentes socialdemócratas que cooperaron en la guerra. Sin embargo, los bolcheviques firmaron el manifiesto. La conferencia acordó la creación de una Comisión Internacional Socialista, con sede en Berna con un secretariado liderado por Lenin. La segunda, llamada Conferencia de Paz, tuvo lugar en Kienthal, también Suiza, en abril de 1916, y en las votaciones clave, casi la mitad votó a favor de las posiciones de la izquierda revolucionaria. En ambas conferencias se colocaron las primeras piedras de la futura III Internacional. De este fermento nacerían acontecimientos como la revolución comunista de octubre en Rusia, la Revolución de 1918-19 y la fundación del KPD Partei Deutschlands Kommunistische Partido Comunista en Alemania, la insurrección comunista del dirigente judío Béla Kun[9] en Hungría o la formación de la Internacional Comunista. 

3.  Los socialistas alemanes ante la guerra. 

El 4 de Agosto de 1914, el partido socialdemócrata alemán votó de forma unánime en el Reichstag en favor de los créditos militares, inaugurando así la política que la mayoría de los dirigentes socialdemócratas mantendrían hasta el final de la guerra. La consigna consensuada antes de 1914 de: “Ni un céntimo, ni un hombre para el estado burgués y sus guerras”, había desaparecido, dando lugar a la conocida como “Unión Sagrada”. Esta expresión hacía referencia a la política de apoyo unánime a la guerra por parte de todas las fuerzas políticas y sociales, en aras a lograr la victoria en la lucha contra los países enemigos de Alemania.

En el seno del partido, sin embargo, la facción radical se oponía a votar en favor de tales créditos, porque entendía que un voto favorable implicaba aceptar al régimen y aprobar la guerra. Aun así, la minoría aceptó la posición de la mayoría, en parte porque el partido basaba su fuerza en su cohesión y disciplina internas. Rosa Luxemburgo diría más adelante que: "El 4 de agosto la dirección socialdemócrata traicionó todos los principios, negó la lucha de clases y además prolongó la guerra".

La socialdemocracia alemana fue la primera que rompió con las declaraciones de la Internacional contra la guerra. Con anterioridad, el SPD había sufrido una profunda transformación, por lo que su apoyo a los créditos de guerra no fue una sorpresa, aunque durante los primeros meses de 1914 el partido realizó protestas contra la guerra. El SPD no tuvo la determinación de usar la guerra para movilizar a los trabajadores en un sentido de solidaridad internacional de clase, para provocar  el derrocamiento del sistema capitalista. Por el contrario, lo que movilizó finalmente al partido fue la solidaridad nacional, sabiendo que lo contrario le haría perder el apoyo de los trabajadores alemanes. La dirección del SPD y de la Federación General de Sindicatos Alemanes (ADGB), ocupadas por el ala socialdemócrata y no revolucionaria de los socialistas durante los diez años anteriores, justificaron el apoyo al Káiser alegando la necesidad de "adaptarse a la realidad" y de "tratar de evitar que esto empeore", ya que “al fin y al cabo no podemos cambiar nada"[10]. Desaparecía así el enemigo de clase y surgís una nueva imagen de enemigo: el enemigo nacional:

"Para nuestra nación y un futuro de libertad, una victoria sobre el despotismo ruso, manchado con la sangre de su propio pueblo, significará muchas cosas, significará todo. Debemos asegurarnos que este peligro se evita, que protegemos la cultura y la independencia de nuestro país. A la hora del peligro, no vamos a permitir que nuestro país se retire. [...] Guiados por estos principios, estamos de acuerdo con los presupuestos de guerra necesarios."[11] 

En resumen, los dirigentes del SPD justificaron su apoyo a la guerra en diversas razones:

  1. Se trataba de una guerra defensiva, dado que en el Este Rusia había sido la primera en movilizar sus ejércitos amenazando la región de Prusia oriental, y en el Oeste Francia estaba dispuesta a invadir territorio alemán; 
  2. El odio al zarismo y su deseo de derrocarlo, contribuyeron al nuevo posicionamiento del SPD, que entendía que cualquier victoria alemana contra la Rusia reaccionaria, contribuiría a salvaguardar los intereses del socialismo internacional, lo que coincidía con los intereses internacionales del socialismo.
Según lo visto, para el SPD no sólo no había contradicción entre los intereses nacionales y los del partido, sino que los mismos se complementaban.

Hasta qué punto la decisión de apoyar la guerra fue sorprendente para el ala revolucionaria del socialismo alemán, se desprende de un discurso de Karl Liebknecht, de mediados de febrero de 1915, en el que explica la razón de haber votado los presupuestos diciendo que:

"No me parecía indicado, en aquel momento, aislarme por completo de mis mejores amigos en el campo radical. Nadie podía prever la traición del partido. El 3 y 4 de agosto, todo cambió al revés. Tuvimos sólo unas pocas horas, minutos, y nosotros estábamos, a nuestro gran pesar, frente a un colapso total del ala radical. Haase, miembro de la minoría en el partido, ¡fue persuadido para presentar la declaración de la mayoría! Y con el crujir de mis dientes me conformé con la mayoría. Me arrepentí de inmediato y con amargura, en razón de esta actitud, estoy dispuesto a asumir las críticas."[12]
Rosa Luxemburgo
 


En Noviembre de 1914, Liebknecht, Luxemburgo, Franz Mehring y Clara Zetkin publicaron en un diario suizo un manifiesto en contra de la guerra y del posicionamiento de la dirección del partido socialdemócrata alemán. Separado de la dirección del Liebknecht votó en contra de las propuestas del gobierno en la siguiente votación del 2 de diciembre de 1914, y en una tercera el 20 de Marzo de 1915. A lo largo de la guerra, el ala moderada del SPD mantuvo con el régimen monárquico alemán un Burgfrieden, una paz social o paz ciudadana. Hasta julio de 1917, su grupo parlamentario en el Reichstag, aprobó todas las leyes propuestas por el gobierno imperial a favor de los presupuestos de guerra. Esta política del SPD, convirtió a los socialistas en una parte integral del Estado alemán. Antes de la guerra, las autoridades se negaban a nombrar como cargos de los consejos de gobierno municipales, entidades organizadoras de las escuelas y otras actividades de los servicios municipales a miembros del SPD. Pero desde que se votaron los presupuestos de guerra, en más de 100 ciudades y pueblos, se confirmaron oficialmente en sus funciones a los socialdemócratas.

Por su parte, los revolucionarios no cejaron en su empeño de utilizar la guerra, para provocar un conflicto civil que se convirtiera en la llave de la revolución. 

4.  La participación de los judíos alemanes en la Gran Guerra. 

En agosto de 1914, el comienzo de las hostilidades desencadenó en los países beligerantes una ola de patriotismo entre las masas populares. Nadie dudaba de la victoria de su nación, que llegaría sin lugar a dudas tras una guerra breve y fácil, de ahí que los alistamientos de voluntarios en los primeros días, fueran masivos en todas las naciones.

Dentro del Imperio Alemán, la minoría de origen judío se dividía en tres grupos claramente diferenciados: los sionistas, que no se sentían implicados en forma alguna por las guerras de las naciones europeas; los revolucionarios, que participaban plenamente en los movimientos anarquistas y socialistas[13]; y un tercer grupo de opinión, que veían en la guerra la posibilidad de ganarse el respeto de los ciudadanos alemanes demostrando su lealtad hacia la nación de la que eran huéspedes, mediante el enrolamiento de soldados judíos para luchar, por lo cual hubo desde los primeros días voluntarios judíos en el Reichsheer. Este espíritu patriótico y el entusiasmo bélico, contribuyeron a que las autoridades políticas y militares alemanas permitieran a los judíos ocupar empleos a los que con anterioridad habían tenido vedado el acceso. Así, se permitió a los médicos judíos ocupar destinos como oficiales al Reichsheer, y luego se permitió a todos los soldados judíos ascender a grados de oficial sin restricción alguna.

Cuando llegó el invierno de 1915 y con él la guerra de trincheras, se perdió el entusiasmo inicial y la creencia en un triunfo rápido de Alemania. Tras la batalla de Verdún, se acordó realizar nuevas levas para cubrir las elevadas bajas que los combates producían. Los continuos reclutamientos y movilizaciones de hombres aptos para la guerra, alcanzaban de modo desigual a la población alemana y a la judía, que amparándose en su posición social, o de modo fraudulento, eludían el servicio militar activo,  y en caso de ser finalmente movilizados, acaparaban casi todas las funciones militares de retaguardia. Panfletos y folletos acusaban también a los judíos de enriquecerse a costa del erario público, monopolizando la dirección de las empresas de armamento y de importación y exportación de alimentos, aprovechando así las penurias de las grandes masas alemanas para lucrarse "desde los despachos de los grandes comercios".

Al malestar provocado por las numerosas bajas, se sumaban las privaciones derivadas del bloqueo marítimo impuesto por Gran Bretaña a las Potencias Centrales, que causó que el comercio internacional de Alemania se viera muy mermado, al reducirse apenas a Suiza, Holanda y las naciones neutrales de Escandinavia, sin opción para que la flota mercante alemana pudiera recorrer sus antiguas rutas comerciales. La casi total paralización del comercio, forzó al gobierno alemán a imponer el racionamiento de alimentos y productos industriales, dificultades que se veían agravadas por un mercado negro en el que muchos judíos encontraron un medio de enriquecimiento. Además, el principal funcionario gubernamental a cargo de la economía doméstica era el eminente economista y presidente de AEG Walther Rathenau[14], judío, y el principal asesor para cuestiones de comercio restringido era el armador Albert Ballin, también judío, que fueron blancos del odio popular pese a su patriotismo.

A inicios de 1916 las noticias sobre la presunta evasión de obligaciones por parte de los soldados judíos se habían hecho alarmantes, y la Reichshammerbund ("Federación del martillo del Reich") envía el 16 de marzo una petición al Káiser Guillermo II, a los ministros y a los miembros del Reichstag denunciando a los judíos por "enriquecerse lejos de la línea del frente" y de someter a Alemania "al sistema creado por Rathenau y Ballin". En Stettin la guarnición local denunció a los judíos el 16 de julio por "evadir con mil pretextos el servicio activo" y pedir "en forma desmedida empleos militares en retaguardia". Cuando el 29 de agosto siguiente se constituyó una nueva jefatura militar formada por Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff, la cuestión relativa al intento de los judíos alistados de eludir el servicio en primera línea, llegó a la alta jefatura del Reichsheer, que se vio obligado a emitir el 16 de octubre de 1916, una orden para que todas las unidades militares del Reichsheer, en los frentes de lucha o en la retaguardia, censaran a todos sus integrantes judíos, de cualquier grado o especialidad, expresando cuántos de ellos realizaban funciones administrativas, cuantos combatían en el frente, y cuántos permisos  o licencias se habían concedido a los soldados judíos. A este propósito, el Ministerio de Guerra diseñó unos cuestionarios que debían ser llenados por los comandantes de las unidades. El decreto de ejecución para proceder a recopilar la información solicitada, salió de la Jefatura del Reichsheer el 11 de noviembre de 1916, remitiendo a las diferentes unidades los cuestionarios, con la orden de devolverlos antes del 1 de diciembre. La motivación escrita del decreto señalaba el pensamiento de las autoridades:

"Han llegado quejas permanentes al Ministerio de Guerra, según las cuales, un número desproporcionado de conscriptos de religión  israelita está exento de servicio militar o se esfuerza en lograrlo bajo toda clase de pretextos. Según las informaciones, se debe entender que un gran número de judíos en servicio militar logran hallar un refugio lejos de la línea del frente..."

Finalmente, las dificultades para redactar el Judenzählung[15] y los obstáculos de todo tipo que se encontró para su confección, hizo que no se respetara la fecha límite para devolución de cuestionarios, y el plazo concedido se prolongó hasta febrero de 1917. Pero llegado este mes, se detuvo el censo sin explicaciones oficiales de ningún tipo. Lo cierto es que la realización del censo era imposible, dado que no había autoridad militar alguna que vigilase su confección asegurando la fiabilidad de sus cifras,  al punto que cualquier jefe de batallón podía manipular las cifras finales. Además, la dispersión geográfica de las tropas del Reichsheer por Francia, Bélgica, Rusia, Polonia, y los Balcanes, además de las guarniciones locales alemanas, hacía que el censo abarcase un territorio muy extenso.

Los resultados del censo nunca fueron publicados, pero las investigaciones realizadas después de la Primera Guerra Mundial, y en los últimos años del siglo XX concluyen que en verdad, de un total de 550,000 judíos residentes en Alemania en 1914, 100,000 prestaron servicio en el Reichsheer, siendo la décima parte de ellos voluntarios, cayendo en combate un total de 12,000 soldados judíos, un 12% del total, porcentaje muy inferior a los caídos en combate del resto del Reichsheer, del que de un total de 11.000.000 millones de soldados movilizados,  causaron baja como muertos, heridos o desaparecidos 7.142.558 soldados. Un 64,9% de los soldados[16]. Cinco veces más.
Hoja difundida en 1920 por los veteranos judíos alemanes
Las consecuencias de la falta de implicación judía en la guerra, se proyectaron en dos planos diferentes: en el interior de la comunidad judía, a muchos de los excombatientes judíos el rechazo que provocó en la sociedad alemana su escasa participación en los sufrimientos de la guerra, les llevó  a abrazar la ideología del sionismo como una forma de responder al rechazo de los alemanes; en el exterior de la comunidad judía, a la población alemana, los judíos, que habían dirigido el esfuerzo económico bélico y los movimientos subversivos contrarios al esfuerzo de guerra durante el conflcito, y que además se habían enriquecido con los suministros industriales al Reichsheer, quedaron señalados como traidores y causantes de la derrota.

En el resto de la sociedad alemana, en tanto jamás fueron publicadas cifras oficiales del Judenzählung, la falta de resultados ayudó a cimentar la creencia popular de la puñalada por la espalda cometida por los judíos, como una efectiva traición a Alemania. Una creencia que, pese a que desde 1918 abundaron los relatos y crónicas de los veteranos combatientes judíos, se extendió masivamente alcanzando incluso a las asociaciones de veteranos excombatientes, que empezaron a rechazar las solicitudes de inscripción de veteranos judíos en sus filas.



[1] Lenin es el seudónimo de Vladímir Ilich Uliánov (Simbirsk, Rusia, 22 de abril de 1870 - Gorki, 21 de enero de 1924), dictador de origen judío y líder bolchevique. Fue el primer presidente del Gobierno soviético (el Consejo de Comisarios del Pueblo) de la Unión Soviética, elegido en el II Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia el 25 de octubre de 1905. Los documentos procedentes del archivo del KGB que confirman que confirman el origen judío de Lenin, fueron expuestos en el Museo de Historia Estatal de Rusia. Entre los nuevos documentos publicados y puestos en exhibición está una carta escrita por la hermana de Lenin, Anna Ulyanova, que dice que su abuelo materno era un judío de Ucrania que se convirtió al cristianismo para escapar de la persecución en la Zona de Residencia y tener acceso a una mejor educación. “Vino de una familia judía pobre y fue, según su certificado de bautismo, el hijo de Moses Blank, un nativo de Zhitomir” (una ciudad occidental de Ucrania), escribió Ulyanova en 1932. Anna Oulianova hace hincapié en que su hermano “siempre tuvo una alta opinión de los judíos”. Fue admitido en la Universidad de San Petersburgo y terminó sus estudios de derecho en 1891. En 1895 participó en la fundación de la Unión para la Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera de San Petersburgo. Pasó deportado a Siberia hasta 1900. Después de este primer destierro allí, huyó a Suiza, donde fundó el periódico Iskra (La chispa) en colaboración con Georgui Plejánov, L. Martov y otros marxistas. Lenin pasó en Europa la mayor parte del periodo anterior a 1917. Regresó a Rusia tras la Revolución de 1905, pero se vio obligado a abandonar nuevamente el país en 1907 ante la falta de apoyo que acabó con la insurrección. El estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-18) le dio la oportunidad de poner en práctica sus ideas: definió la contienda como fruto de las contradicciones del capitalismo y del imperialismo (El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916) y, en nombre del internacionalismo proletario, llamó sin éxito al movimiento socialista mundial a transformar la contienda en una guerra civil generalizada; más tarde, el deterioro del régimen zarista por efecto de la guerra le permitió pensar en lanzar la revolución socialista en su país como primer paso para una era de revolución mundial. A pesar de las "críticas" al sistema capitalista, los bolcheviques fueron financiados por los banqueros judíos de Wall Street: los Rothschild, los Warburg, Kuhn, Loeb, Olef Aschberg, Schiff, Lazare, Hirsch, Gunzbourg, Speyer, Wallenberg, Guggenheim, Breitung, etc., todos promovieron revoluciones socialistas-marxistas y anarquistas. La Revolución Rusa de octubre de 1917 que derrocó al régimen zarista fue un acontecimiento que Lenin no había previsto ni tuvo nada que ver con él, pero regresó apresuradamente a Rusia con la ayuda del ejército alemán. Los bolcheviques de Petrogrado, entre los que se encontraba Stalin, estaban de acuerdo en que los representantes del ejército y de los soviets de trabajadores respetaran al Gobierno Provisional de Kerenski que se había establecido, pero Lenin rechazó esta línea de actuación. Después de un fallido levantamiento de los trabajadores en julio de 1917, Lenin escapó a Finlandia ocultándose del Gobierno Provisional. Tras la agitación bolchevique y la consecutiva caída del Gobierno Provisional, y como creían tener controlado el II Congreso de los Soviets, los bolcheviques de Lenin no tienen inconveniente en que se celebren las elecciones democráticas a la Asamblea Constituyente. Sólo consiguieron el 23% de los votos. Tras este revés, dieron un golpe de estado conocido como la Revolución de octubre, gracias a la estrategia bolchevique de exigir la rendición de Rusia a las potencias centrales, apartando al país de la guerra en 1918 por la Paz de Brest-Litowsk. Disolvió la Asamblea constituyente (1918), proscribió a la oposición y creó una policía política para perseguir a los disidentes incluyendo a los demás socialistas, siguiendo literalmente las tesis de Marx de acabar con los socialistas no marxistas; a escala mundial, exigió a los demás partidos socialistas fidelidad absoluta a sus directrices, , provocando la escisión del movimiento obrero con la aparición en todos los países de partidos comunistas sometidos al control de una Tercera Internacional comunista (Komintern) con sede en Moscú (1919). Delegó en Trotsky la organización del Ejército Rojo, con el que consiguió arrasar al ejército blanco tras una dura Guerra Civil (1918-20). Una vez recuperado el control del antiguo imperio de los zares, articuló el territorio creando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (1922), a la que dotó de organización formal por la Constitución de 1923. Tras caer enfermo y morir, la mujer de Lenin, también judía, conocida como Krupskaya, pero cuyo verdadero nombre era Nadiezda Konstantinovna, acentuó su lucha mediante el adoctrinamiento de las mujeres, continuando con el pensamiento de Lenin. En su Outchit Gazeta escribió (10/Oct./1929): "Aunque la socialización de las mujeres no está formalmente ratificada en la lucha soviética, debe convertirse en una realidad y penetrar en la conciencia de las masas. Consecuentemente, cualquiera que intente defender a una mujer que es (indecentemente) asaltada, muestra una naturaleza burguesa y se declara a sí mismo a favor de la propiedad privada. El oponerse a la violación es resistirse a la revolución comunista de octubre."Fuentes: http://www.enlacejudio.com/2011/06/10/los-rusos-descubren-incredulos-los-origenes-judios-de-lenin/; http://www.anajnu.cl/raicesjudiaslenin.htm; http://es.metapedia.org/wiki/Vladimir_Lenin 
[2] Rosa Luxemburgo nació en Zamosc, cerca de Lublin, en la Polonia entonces controlada por Rusia, en el seno de una familia de origen judío. Aparece ya como miembro del partido polaco marxista "Proletariat" en 1886. En 1887 Luxemburgo terminó la educación secundaria, pero tuvo que huir a Suiza en 1889 para evitar su detención. Allí asistió a la Universidad de Zurich junto a otras figuras comunistas, como Anatoli Lunacharsky y Leo Jogiches. En 1898, Rosa Luxemburgo obtuvo la ciudadanía alemana al casarse con Gustav Lübeck, y se mudó a Berlín. Allí participó activamente con el ala más izquierdista del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), definiendo claramente la frontera entre su fracción y la teoría revisionista del líder moderado el judío Eduard Bernstein, atacándole en 1899 en un folleto titulado "¿Reforma Social o Revolución?". Entre 1904 y 1906 su trabajo se vio interrumpido a causa de tres encarcelamientos por motivos políticos. Sin embargo, Rosa Luxemburgo mantuvo su actividad política; en 1907 tomó parte en el V Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso en Londres, donde se entrevistó con Lenin. Por esos años, Rosa comenzó a enseñar marxismo y economía en el centro de formación del SPD en Berlín. Uno de sus alumnos fue el que más tarde se convertiría en líder del SPD y primer presidente de la República de Weimar, Friedrich Ebert. El comienzo de la Gran Guerra fue una catástrofe personal que incluso la llevó a considerar la posibilidad del suicidio. Junto con los dirigentes de origen judío Karl Liebknecht, Clara Zetkin y el de origen alemán Franz Mehring, creó el grupo Internacional el 5 de agosto de 1914, el cual se convertiría posteriormente el 1 de enero de 1916 en la Liga Espartaquista intentando provocar una huelga general. Como consecuencia de ello, el 28 de junio de 1916 Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron sentenciados a dos años y medio de prisión. En 1917, cuando los EEUU intervinieron en el conflicto, la Liga Espartaquista se afilió al Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), compuesto también por antiguos miembros del SPD opuestos a la guerra, fundado por el también judío Karl Kautsky. Tras la abdicación del kaiser Guillermo II y tras el levantamiento conocido como la Revolución de Noviembre alemana, la cual comenzó en Kiel el 4 de noviembre de 1918, cuando 40.000 marineros e infantes de marina tomaron el control del puerto en protesta por los planes del Alto Mando Naval Alemán de un último enfrentamiento con la Real Marina Británica. El 8 de noviembre, los comités de trabajadores y soldados controlaban la mayor parte del oeste de Alemania, dando lugar a la formación de la República de Consejos (Räterepublik), basados en el sistema de sóviets ruso desarrollado en la revolución rusa de 1905 y 1917. Rosa Luxemburgo salió de la cárcel de Wroclaw el 8 de noviembre; Karl Liebknecht lo había hecho poco antes y había ya comenzado la reorganización de la Liga Espartaquista. Juntos crearon el periódico "La Bandera Roja". Sin embargo, el frente unido se desintegró a finales de diciembre de 1918 cuando el USPD abandonó la coalición. El 1 de enero de 1919 la Liga Espartaquista junto a otros grupos socialistas y comunistas (incluyendo la Internacional Comunista Alemana, IKD) crearon el Partido Comunista de Alemania (KPD), gracias a la iniciativa de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Esta última apoyó que el KPD se involucrara en la asamblea constitucional nacional -la que finalmente acabaría fundando la República de Weimar- pero su propuesta no tuvo éxito. En enero una segunda ola revolucionaria sacudió Alemania. En respuesta al levantamiento, la milicia nacionalista Freikorps sofocó el levantamiento comunista. Tanto Rosa Luxemburgo como Liebknecht fueron capturados en Berlín el 15 de enero de 1919 y ajusticiados ese mismo día. Fuentes: http://wikiroja.wikispaces.com/Rosa+Luxemburgo;
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/l/luxemburg.htm; http://es.metapedia.org/wiki/Rosa_Luxemburgo. 
[3] V.I. Lenin, Obras 21, p. 8, Las tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea. 
[4] V. I. Lenin, Sobre el Internacionalismo Proletario, Editorial Progreso, Moscú. 1975, páginas 86-94. 
[5] Lenin, carta del 17 octubre 1914 a A. G. Chliapnikov, Obras completas, tomo 35, p. 158. 
[6] Ibid. 
[7] Karl Liebknecht era hijo de Wilhelm Liebknecht, un revolucionario socialista amigo de Marx, que había implantado en Alemania la primera Internacional y había fundado con Bebel el periódico Vorwärts y el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania, que en 1875 se unificó con el grupo de Lasalle para crear en 1890 el moderno Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). No recibió formación académica. Fue el partido el que pagó sus estudios universitarios de Derecho y Economía. Liebknecht participó en el movimiento socialista desde su juventud. Tras realizar el servicio militar, comenzó su carrera de abogado en Westfalia. Defendió a un grupo de campesinos que habían sido acusados de intentar implantar el comunismo en tierras alemanas. Miembro activo del SPD, en 1907 funda en Stuttgart la Unión Internacional de Organizaciones Juveniles Socialistas. En ese mismo año, tras escribir el libro "Militarismo y anti-militarismo" en contra del militarismo alemán, fue encarcelado. En 1908, durante su estancia en prisión, consigue un escaño en la Cámara de Diputados de Prusia. En 1912 fue elegido miembro del Reichstag.  Conoció a la judía marxista Rosa Luxemburgo y a Clara Zetkin, con las que fundó una facción radical del SPD, los espartaquistas. Después de enfrentarse al líder de su partido al recriminarle sus ideas patrióticas, fue expulsado del SPD el 1 de enero de 1916. Durante una manifestación en 1916, fue detenido junto a Rosa Luxemburgo. Se le declaró culpable de alta traición y fue encarcelado. Fue condenado a dos años de trabajos forzados y desposeído de sus derechos civiles. En el otoño de 1918 estalló en Kiel (Alemania) la Revolución de Noviembre. Rápidamente Liebknecht fue puesto en libertad para intentar aplacar a los revolucionarios. Pero su grupo era minoritario, y la mayoría de sus dirigentes revolucionarios eran fieles al SPD. En ese momento fundó el Partido Comunista alemán (KPD), junto con Rosa Luxemburgo y otros radicales. Al proclamarse la República de Weimar, el socialdemócrata Friedrich Ebert formó un gobierno provisional en noviembre de 1918. Liebknecht se opuso a dicho gabinete y lideró una insurrección espartaquista en enero de 1919 como miembro del autodenominado Comité Militar Revolucionario, inspirado por el modelo revolucionario desarrollado por Lenin en Rusia. La represión del movimiento corrió a cargo del ejército alemán, reforzado con excombatientes y otros voluntarios. Durante un enfrentamiento entre la policía y miembros de la liga, fueron detenidos Liebknecht y Rosa Luxemburgo y ajusticiados durante el traslado a la cárcel. 
[8] V. I. Lenin, Obras 21, p. 12, Las tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea. 
[9] Béla Kun, nacido Cohn Béla, (Szilágycseh, Transilvania, Austria-Hungría, 20 de febrero de 1886- prisión de Butyrka, URSS, 30 de noviembre de 1939), destacado político comunista húngaro que gobernó Hungría en 1919. Nació en una familia judía de clase media en 1886, era abogado de profesión. Se afilió al Partido Socialdemócrata Húngaro en 1902, para el que trabajó antes de la guerra mundial, y al Partido Bolchevique en 1916, durante su periodo como prisionero de guerra en Rusia. En 1918 fundó el Partido Comunista Húngaro, que presidió. En noviembre volvió a Hungría y en marzo de 1919 pasó a dirigir la breve República Soviética Húngara durante ciento treinta y tres días. Más tarde combatió en Ucrania en 1920, durante la Guerra Civil Rusa. Fue miembro de la presidencia colegiada de la Comintern, para la que trabajó el resto de su vida. Su oposición a los “frentes populares” y su gestión del partido comunista húngaro llevaron a su caída en desgracia. Detenido en junio de 1937, se le torturó infructuosamente para que confesase, antes ser asesinado en noviembre de 1939 en la prisión soviética de Butyrka. 
[10] “Handbuch zur Geschichte der deutschen Arbeiterbewegung”, Band 2. Berlín/DDR 1987, p.782. 
[11] “Erklärung der Sozialdemokratischen Partei zum Kriegsausbruch abgegeben vom Fraktionsvorsitzenden Haase im Reichstag (4 Augustus 1914)”Verhandlungen des Reichstags, XIII. LP., II. Sess., 1914, Bd. 306, pp. 8 y siguientes. Citado en Ernst Rudolf Huber, “Dokumente zur deutschen Verfassungsgeschichte”. 
[12] K. Liebknecht: “Brief an einen Unbekannten. 18 februari 1915“Gesammelte Reden und Schriften, Bd. VIII, pág. 195 y siguientes. 
[13] La mayoría de los jefes del socialismo alemán, tanto en su vertiente moderada como en la revolucionaria eran judíos. Desde Lassalle a Singer, pasando por Berstein, Kohn Nordhausen, Davidson, Frank, Herzfeld, Simon, Stadhagen. Las revoluciones de posguerra fueron dirigidas por judíos Kurt Eisner con Lewien, Toller, Landauer y otros correligionarios, dirigió la revolución bolchevique de Baviera, Hirsch la dirigió en Prusia, Gradnauer en Sajonia o Fulda en Hesse. 
[14] Nació en Berlín, hijo del empresario Emil Rathenau y de una hija de Benjamín Liebermann. Estudió física, química y filosofía en su ciudad natal y en Estrasburgo. De origen judío, su padre, Emil Rathenau era presidente y fundador de la Sociedad General de Electricidad (AEG), presidencia que heredó a la muerte de éste en 1915. Durante la 1ª Guerra Mundial fue el director de la oficina para la distribución de materias primas. Rathenau y otros hombres de negocios como Albert Ballin (también judío), ofrecen desde agosto de 1914 sus servicios al gobierno alemán para organizar lo que considera la clave de esta nueva guerra industrial: el aprovisionamiento de materias primas. Para este fin, se reunió con el ministro de guerra Falkenhayn y le propuso organizar toda la economía nacional para ponerla al servicio de la guerra. Fue fundador y líder del Partido Democrático, representante de la gran burguesía industrial y liberal. Se oponía al socialismo, aunque apoyaba ciertas ideas de tintes socialistas, como la de que los obreros participaran en mayor medida en la dirección de las empresas. Establecida la República de Weimar, fue ministro de reconstrucción en 1921 y, al año siguiente, de Asuntos Exteriores, ministerio al cargo del cual asistió a las conferencias sobre reparaciones de guerra de Génova y Cannes, donde consiguió reducir dichos pagos. Opinaba que Alemania debería pagar lo estipulado en el Tratado de Versalles. Rathenau denigraba a los judíos que no quieren integrarse en la sociedad, refiriéndose a ellos como: "una banda de extranjeros vestidos de manera demasiado extravagante, que hacen banda aparte". El 24 de junio de 1922, dos meses después de firmar el Tratado de Rapallo, Rathenau fue asesinado en una conspiración orquestada por dos oficiales ultranacionalistas, Erwin Kern y Hermann Fischer, en el que también se vieron envueltos Ernst Verner Techow, Hans G Techow y Wille Guenther (ayudados e instigados por otros siete, algunos de ellos estudiantes) vinculados a la Organización Cónsul. Uno de los asesinos era el futuro escritor Ernest von Salomon, que había proporcionado el coche pero no había participó en el tiroteo 
[15] Censo de judíos. 
[16] Simkin, John. First World War Encyclopedia. Kindle Edition.