domingo, 28 de febrero de 2016

EL ACTUAL ESCENARIO GEOESTRATEGICO MUNDIAL (III)

3º) La aparición de nuevos actores influyentes en la escena geopolítica.

El mundo asistió al final de la Guerra Fría, y al paso de la bipolaridad de este enfrentamiento a la hegemonía unipolar norteamericana, en la creencia errónea de que se abría una etapa de “pax americana” que se caracterizaría por la reducción de los conflictos y el aumento de las relaciones comerciales y diplomáticas pacíficas, bajo el poder moderador y disuasorio del imperio americano. Bastó un breve lapso de tiempo para cerciorarse de que la caída del comunismo soviético había dejado un vacío de poder que rápidamente desembocó en las antiguas regiones por el caos, la aparición de los “señores de la guerra” locales y el desequilibrio de las regiones en las que se acumulan las reservas mundiales de recursos energéticos. En esta vorágine desencadenada por el control del poder estratégico, han sucumbido regímenes políticos y estados -como Iraq, Afganistán o Siria- ante la torpeza y la ambición de los EE.UU.

La hegemonía imperial norteamericana tras el fin del mundo bipolar, la expansión del modelo político liberal norteamericano y la llamada globalización del sistema capitalista, muy lejos de conducir a la estabilidad y a la expansión económica mundial que esperaban los afines a las llamadas democracias, han abocado a un mundo cada vez más inseguro y violento en el que se han multiplicado los peligros de todo orden. Tras un período inicial de pujanza tras la victoria sobre los fascismos europeos, a partir del comienzo de la década de los setenta del pasado siglo, la economía capitalista entró en un período de fragilidad, que desde 2008 se encuentra en una profunda y prolongada crisis recesiva en la que ha destruido los sistemas de bienestar social que había en Europa, subiendo a niveles de récord los datos sobre desempleo, desigualdad y pobreza. Una crisis de la que no se sabe cuándo se va a salir, y en realidad, ni siquiera sabe si va a hacerlo o si finalmente conducirá al desplome del sistema económico internacional, debido a las políticas económicas neoliberales de la llamada “austeridad”. Así es como el mundo de la decadente hegemonía imperial de EE.UU., se debate entre la recesión y la guerra

A) Los Brics y el giro a Oriente de la economía mundial.

Las potencias emergentes de los BRICS apuntan hacia otra geometría política, económica y militar en el mundo, que sustituya a la de EE.UU. y sus aliados. Los países iberoamericanos han comenzado a crear nuevos foros al margen de las instituciones internacionales dominadas por el imperio. El Mercado Común del Sur (MERCOSUR), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) o la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), cuentan con la participación directa de Brasil en los BRICS y con los acuerdos firmados entre países de la región con China y con Rusia, mientras que el primer país hispanohablante, México, tan lejos de Dios y tan cerca de los EE.UU., se autodestruye al configurarse como un Estado fallido pagando el precio por sometimiento a su vecino del norte.

El tercer elemento a tener en cuenta geoestratégicamente es la aparición de nuevos polos de poder tanto económicos, como políticos y militares. Los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), junto con los países hispanoamericanos apartados de la influencia política de su vecino del norte, son los eslabones de un mundo económicamente multipolar, que comienzan a establecer una nueva geopolítica mundial. Los BRICS representan el 50% del PIB mundial, y su pujanza en todos los aspectos plantea nuevos desafíos a los EE.UU. y a sus vasallos europeos. Son países en los que el crecimiento económico de las últimas décadas ha permitido la aparición de sociedades desarrolladas en las que ha existe una nueva clase media, cuyos sistemas de valores no guardan relación alguna con la mentalidad judeocristiana occidental, y que con su existencia, demuestran que el éxito económico es posible fuera de los sistemas de democracia capitalista occidental, basados en la arquitectura institucional internacional establecida al término de la Segunda Guerra Mundial en las Conferencias de San Francisco (ONU), o en los anteriores acuerdos de Bretton Woods en los que se crearon el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Para las potencias emergentes, el orden internacional es injusto por su falta de representatividad y de transparencia, ya que no reflejan la realidad del actual reparto de poder. Para ellos, carece de sentido que países de segundo orden como Francia o el Reino Unido sean miembros permanentes del Consejo de Seguridad y que no lo sea la India, o que Italia tenga el mismo número de votos que China en el Banco Mundial. Y ante la resistencia de los aliados occidentales a los cambios, están creando organismos paralelos en los que los excluidos son los EE.UU. y sus aliados occidentales.

Las recientes cumbres de la Organización de Cooperación de Shanghái ponen de manifiesto el comienzo de una nueva etapa en las relaciones entre Rusia y China, en la cual lejos del enfrentamiento de hace unas décadas, han descubierto la complementariedad de sus intereses frente a la hegemonía de EE.UU. en los ámbitos económico, político y militar. Mientras China le añade peso económico a la Organización de Cooperación de Shanghái, la participación de Rusia le atribuye un importante papel político, y contribuye a una cooperación más estrecha en su aspecto militar. Además, la próxima inclusión de dos nuevos miembros -India y Pakistán- lanzado en la última cumbre de la OCS, contribuirá a la creación de un espacio económico que podrá competir con éxito a la UE y está en condiciones de restar influencia al imperio de EE.UU. en Asia. En este escenario de auge de nuevas potencias, se ha producido un hecho destacable como es el desplazamiento de la actividad económica mundial al Pacífico. Este nuevo eje económico asiático está encabezado por China, que tras ser refundada por Deng Xiao Ping se enfrentó una liberalización económica propia de la Escuela de Chicago, pero siendo dirigida de forma colegiada por la dictadura del Partido Comunista, en una rigurosa aplicación del principio de "un país con dos sistemas".
 
La reacción de los EE.UU. para mantenerse frente al empuje asiático no se ha hecho esperar, y tras cinco años de negociaciones, EEUU y once países del Pacífico (entre ellos Japón y Australia) firmaron en octubre de 2015 el Trans-Pacific Partnership (TPP) que afecta el 38% de la economía mundial con unos beneficios aproximados de 233.000 millones de dólares al año, de los que 77.000 millones llegarán a los EEUU. Lograr la firma de este tratado ha sido uno de los objetivos primordiales de la administración Obama durante su segundo mandato, pero no ha sido el único objetivo de su política comercial, pues aguarda la firma del TIP o Transatlantic Trade and Investment Partnershipcon (TTIP) con la UE, que afectará a la economía de España hasta el punto de transformarla por entero. El problema para los europeos es que si las naciones del Pacífico minimizan sus barreras para comerciar con EEUU y Europa las mantiene, la competitividad de las empresas del Viejo Continente se verá dañada, porque la economía norteamericana ha virado hacia Oriente, y el proceso podría acelerarse si Europa no reacciona de forma eficaz. La posición oficial de la UE es que la firma del TTP ayudará a la firma del tratado del Atlántico con Europa. Cecilia Malmström, Comisaria de Comercio de la UE, tras la firma del acuerdo asiático aseguró que la firma del TPP permitirá que la potencia norteamericana se centre en las negociaciones con Europa, y la mayor organización empresarial europea que agrupa a las organizaciones patronales europeas, Business Europe, apoyó el nuevo impulso que recibirían las negociaciones del TTIP.

Pero las ansias del capitalismo europeo por alcanzar un acuerdo no encuentran el mismo eco en los EE.UU., pues la administración Obama ya ha logrado el más importante de los objetivos de su política comercial que estaba en Asia y, además, estamos en un año electoral en el que se renovará la presidencia de los EE.UU. por lo que existen pocas probabilidades de que se llegue a firmar este tratado. Y aún hace más improbable que se alcance, la falta de unanimidad en el apoyo al tratado atlántico de los congresistas americanos, ya que las industrias afectadas por los niveles de exigencia y calidad europeos presionan a sus congresistas para que se opongan. A su vez, en Europa las fuerzas políticas del stablieshment han llegado a un consenso en favor del TTIP, pero la extensión de la desigualdad y la pobreza han reforzado las posiciones políticas de quienes a izquierda y derecha se oponen a la burocracia del capitalismo europeo, y la oposición a este acuerdo es un eje de las nuevas fuerzas políticas, ya que el TIPP supone la privatización de la soberanía nacional de los países firmantes.

Según los cálculos del Centre for Economic Policy Research (CEPR)[1], los beneficios del TTIP que eventualmente podría arrojar el tratado alcanzan los 119.000 millones de euros al año para Europa y unos 95.000 millones para EEUU. Las exportaciones europeas a los EE.UU. podrían crecer un 28% y el total de ventas al exterior subiría un 6%. Lo que no se sabe es cómo se distribuirían esos beneficios, ni de qué manera afectaría a las exportaciones y aun es más desconocido cómo se crearían los puestos de trabajo que se dice que el tratado generaría, ni en qué lugar ni en los sectores de producción en los que se generarían. Por el contrario, lo que sí es conocido es que muy diferentes sectores de producción se verían afectados negativamente, especialmente los menos especializados y con la mano de obra menos cualificada y peor retribuida, que a su vez coinciden con las industrias menos competitivas y más protegidas, pero que se encuentran organizadas para presionar a los gobiernos nacionales apelando a la soberanía nacional, incluso a costa del interés general.

Pero no debemos suponer que porque el TTIP tenga obvias consecuencias de orden económico, es un tratado referido a una eventual modificación de la política comercial o arancelaria, sino que su objetivo es un cambio legislativo que afecta de lleno a la soberanía nacional, a la que el neoliberalismo nuevamente sacrifica a fin de abaratar y agilizar el comercio en exclusivo beneficio de los propietarios de los grandes capitales de las multinacionales. La idea de los negociadores sería que las empresas que obtengan permiso para operar en la UE o en EE.UU. lo obtengan de forma casi automática para ambos espacios económicos, lo que supone una reducción de costes y un aumento de la competitividad, y ello requiere una homogeneización de la normativa comercial, laboral y medioambiental que redundará en beneficio de las grandes empresas y en perjuicio de los trabajadores y consumidores del mucho más exigente espacio europeo.

En todo caso, lo que ya es un hecho es que el centro de la actividad económica mundial ya no es el espacio atlántico, sino el del Pacífico, en donde China comienza a afirmarse en el terreno estratégico y militar desde un perfil bajo que va en aumento, gastó el año 2015 un 12,2% más interanual en defensa, lo que produce los recelos de Corea, Filipinas, Japón o Vietnam, haciendo del Mar de China uno de los lugares más tensos del planeta. 


[1] El Centre for Economic Policy Research (CEPR) o Centro de Investigación de Política Económica (CEPR) fue fundado en 1983, so pretexto de estudiar las políticas económicas aplicables en Europa y más allá, mediante la investigación económica relevante para la política, y difundir entre los centros de poder y decisión en el sector público y privado las ideas rectoras del neoliberalismo. La red de becarios de investigación y afiliados al CEPR incluye más de 1.000 economistas pertenecientes a las universidades, institutos de investigación, departamentos de investigación de los bancos centrales y organizaciones supranacionales, con relevancia e influencia política.

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